JENNI RIVERA: 22 SEGUNDOS PARA MORIR…

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Una persona cercana me reveló: “Anoche tuve un sueño terrible: mi novio era asesinado a cuchilladas y nada pude hacer para ayudarlo. Lo vi caer muerto frente a mi ventana”. Las palabras “era” y “vi” le inyectaban al relato un contenido distante a “mi” realidad cotidiana, pero impulsaba al subconsciente a relacionar ese hecho como algo extraordinario, tan relevante como nuestra propia “muerte”. La palabra en si misma estrujaba la sinrazón y el encomio a la vida.

Después me enteraría, por boca del titular de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, Gerardo Ruiz Esparza, que la avioneta LearJet que transportaba a la cantante mexico-estadunidense, Jenni Rivera, tardó veintidós segundos para estrellarse. “La madrugada del domingo 9 de diciembre –explicó el funcionario–, (la avioneta) cayó desde 28 mil pies de altura (8 mil 500 metros) a una velocidad superior a los mil kilómetros por hora, o sea la aeronave tardó alrededor de 22 segundos en estrellarse”.

La artista y sus seis acompañantes, entre ellos el piloto y el copiloto, tuvieron que enfrentar el horror de la muerte en esos fatídicos veintidós segundos irrepetibles. Cada cuerpo inmerso en su propia energía vital desarrolló una especie de droga somnífera para invalidar el dolor y soportar el desgarramiento y estallamiento de la piel y las vísceras. De la luz interior reinó la oscuridad y el silencio.

El hecho me hizo reflexionar sobre la importancia de ese momento irreversible: la muerte. No importa la manera o el cómo perderemos la vida. El misterio de la existencia es tan cierto como el misterio de la concepción de la vida. Por ejemplo, dos días después de la muerte de Jenni Rivera, en Cuba, el presidente de Venezuela, Hugo Chávez Frías tuvo que sumergirse en las aguas profundas de la irracionalidad y, desnudo, ser horadado por cuatro médicos cirujanos para extraerle tejidos contaminados por el cáncer. Seis horas estuvo sobre una plancha metálica, con las vísceras expuestas y palpitantes, y el cerebro desconectado de la realidad mundana.

La muerte es tan tangible como el sonido de nuestras pisadas. Uno está consciente que cada persona cercana ya es un cadáver manifiesto. Durante el trajinar de la vida, tenemos acceso a ese hecho y hay algo en el subconsciente que nos permite negar lo irremediable: el fin de la existencia personal. Uno va dejando tras la marcha sucesos y recuerdos. Al final, la muerte de los allegados o personajes construidos en los medios masivos de comunicación, se convierte en un asunto anecdótico. Difícilmente olvidaremos el detalle o la forma como dejaron de latir sus arterias por su paso en la tierra. Siete mil millones de humanos (6.973.738.433 en 2011, según el Banco Mundial) con su historia única y sus afectos y defectos a la vista de los otros. Entonces viene el recuento individual y la comprobación matemática, exacta y pura, de las mujeres y hombres que tuvieron nuestro contacto físico y sentimental. Seguramente la lista no podría extenderse a más de mil personas y todo se reduce a nuestro círculo mediato: parientes, compañeros de estudio o de trabajo, burócratas, maestros, médicos, enfermeras, adivinadoras, deportistas, actores o actrices, comerciantes, taxistas, prestadores de servicios, etcétera.

Después, ya adultos y conscientes, la lista se va achicando y ese hecho natural nos conmueve o alivia. En la mayoría de los casos, las primeras víctimas mortales son los abuelos y estamos obligados a asistir al sepelio, tal vez de la mano de la tía, mientras uno de nuestros padres se desgañita ante el féretro de su ser amado. El otro, inconmovible, con los ojos enrojecidos, impide que la o el sufriente intente arrojarse al hoyo donde es enterrado el abuelo o la abuela.

La muerte actualmente es un espectáculo de masas con cliquear algunas teclas de nuestro ordenador. Internet  y los grandes consorcios de cine y televisión, nos permiten recrearnos en silencio con el instante exacto en que alguien o algo le sustrae el soplo vital (alma, halito, anima…) a un ser semejante. Desde el año 2000, las ejecuciones y descuartizamientos de hombres y mujeres  pasaron a formar parte del subconsciente colectivo. Por ejemplo, Youtube ha llegado a convertirse en el vehículo visual y auditivo de un hecho intangible, pero veraz, como lo es ver a una persona hablando ante una cámara de video y en breves segundos ser consumido por la violencia y la muerte. Lo que era privilegio obligado de médicos y enfermeras (despedir el último aliento del paciente), es actualmente un espectáculo público y al alcance de cualquier niño que sepa maniobrar una computadora.

Los cárteles de la droga de todo el mundo no dudaron en utilizar Internet para intentar atemorizar a sus adversarios. Las sierras eléctricas, las armas de fuego, los tambos con aceite hirviendo, las sogas, alambres y cuchillos se convirtieron en protagonistas de esas historias de horror y terror. Los ejecutados ya no eran actores o actrices de cine o televisión, sino hijos o hijas de familia que intentaron modificar su condición social y terminaron descuartizados, en bolsas negras o consumidos por ácidos y fuego.

El asunto se agrava cuando alguien, como esa persona cercana a mi vida, me narra a detalle un sueño donde su prometido es asesinado a puñaladas y ante su mirada expectante. Toda la carga emotiva, producto del bombardeo infamante del poder mediático, nos convierte en rehenes del miedo. Lo natural termina siendo extranatural, ilógico y terrible. Sin embargo, personajes públicos como Jenni Rivera o Hugo Chávez Frías, permiten dimensionar esa verdad irreductible e irremediable, como es la muerte, y entender que el destino de la vida es un asunto serio y por lo tanto, vale la pena reflexionarlo y prepararnos para el buen morir.  Hasta el Jesús de Nazaret de Mel Gibson nos advierte que el dolor de la tortura física, es el sacrificio de la liberación de las generaciones subsiguientes. Busquemos la comprensión de este hecho.

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