EVOLUCION O.. DESHUMANIZACION DEL HOMBRE EN EL SIGLO XXI

Evolución… ¿o deshumanización?

“La vida es breve, el arte es largo, la ocasión fugaz, el experimento peligroso, el juicio difícil”. Estas palabras las dejó escritas uno de los denominados ‘padres’ de la medicina, el griego Hipócrates, que vivió del 460 al 377 antes de Cristo. Otro contemporáneo suyo, el filósofo Sócrates (470-399 a.C.), dijo a su vez que “la ciencia humana consiste más en destruir errores que en descubrir verdades”.

¿Existe una forma más inteligente de crítica que el humor? Creo que no. De esto, Chaplin parece saber muchísimo.
Una crítica a la deshumanización de los tiempos de posguerra, que se extiende hasta nuestros días. La especialización de Smith elevada a la enésima potencia, reduciendo al hombre a un mecanicismo autómata. Los efectos perniciosos de la competencia desmedida del capitalismo. El maquinismo aplastando al humanismo.


Aunque hago mías ambas sentencias, pueden los lectores estar seguros de que no entra dentro de mis propósitos ni descubrir verdad alguna (aunque ya les anticipo que sí diré algunas verdades, y seguramente no todas de su gusto), ni destruir ningún error; más bien me siento influenciado por las últimas palabras de la frase que acabo de citar de Hipócrates: “El juicio es difícil”. Porque intentar ser juicioso y afrontar juiciosamente, es decir con un mínimo de cordura y de sentido común, el panorama mundial en estos primeros años que llevamos transcurridos del siglo XXI, no es precisamente una cuestión fácil.
Al igual que sucedió cuando llegó el segundo milenio y se extendió la idea de que el mundo se iba a acabar, mil y pocos años más tarde volvemos a estar prácticamente igual: visiones catastrofistas, plagas, amenazas de enfermedades terribles, llegadas de anticristos… apenas queda nada por vaticinar, augurar o profetizar que sucederá en este tercer milenio. Desastres naturales, terremotos, erupciones volcánicas y otras calamidades, estén originadas por la rebelión de la Naturaleza ante las continuas agresiones a la que la somete el hombre o sean por causa de errores humanos, tienen lugar cada año y sin duda seguirán produciéndose, y nada tienen que ver con los augurios catastrofistas.


Lo que sí quisiera que vieran ustedes, amables lectores, es que estos primeros años del siglo XXI son quizás más propicios que nunca para un momento de reflexión, de echar la mirada atrás, de analizar el camino recorrido hasta nuestros tiempos y de vislumbrar cuál va a ser la dirección que van a tomar nuestros actos y decisiones en el futuro. Distintos grupos y comunidades, en todo el mundo, debaten y reflexionan sobre temas espirituales y religiosos, como sucedió en el Foro Mundial de las Culturas que tuvo lugar en Barcelona, España. Otros grupos, de índole pacifista y ecológica, se preocupan por el medio ambiente, la diversidad biológica, la paz mundial. Otro tema que despierta pasiones es el que se refiere a las grandes tecnologías y la ciencia. Si algo caracterizó el pasado siglo XX fue el gran cambio radical que supusieron los avances técnicos y científicos, y ya no es noticia que en los últimos 25 ó 30 años de dicho siglo se haya avanzado y mejorado más que a lo largo de todo el siglo XIX; pero todo eso no es nada en comparación con lo que nos espera en este siglo XXI recién, como quien dice, iniciado.
Será fascinante ser testigo de los progresos en ciencia y medicina (genoma humano, cromosomas, células madre, inyecciones de genes en vez de operar órganos…) Será apasionante ver cómo avanza la humanidad en la conquista del espacio, en computación, en telefonía móvil, en Internet… Y con todo, aún sabiendo que ya es posible y que será una realidad en breve plazo si es que no lo es ya, -permítaseme la licencia humorística- todavía se me hace difícil imaginarme que hasta los refrigeradores, las lavadoras y los microondas, tan imprescindibles en cada uno de nuestros hogares, vayan a llevar chips incorporados y que esos cacharritos electrónicos hagan que mi frigorífico se conecte a Internet y se encargue de hacer la compra sin yo salir de casa, que la lavadora me pregunte si quiero una pasada o dos a la ropa o si prefiero prelavado en los calcetines, o que una vocecita susurrante saliendo del microondas me recomiende que el pollo estará mejor si lo caliento unos minutitos más o si le añado un poco de ajo y perejil…
Bromas aparte, otras muchas personas opinan que el siglo XXI tiene que ayudarnos a desarrollarnos a un nivel más humano, y se repiten los mensajes de paz, las llamadas a la solidaridad, el deseo de vivir en un mundo sin guerras… Pero en este aspecto me confieso pesimista, porque no creo que vaya a desaparecer la flagrante contradicción de las dos existencias que comparten este planeta. Una contradicción y una patética realidad que son el eje principal de este artículo.
Poco o nada ha cambiado la humanidad en estos primeros años del siglo XXI. Junto a la gente del llamado ‘Primer Mundo’ que sigue aferrada al consumismo feroz, al egoísmo materialista y al ansia de poseer más y más, la gente que sigue derrochando, regalando y regalándose comilonas y lujos, continúa coexistiendo otra gente, otros muchos millones de seres humanos, a los que desde nuestra situación afortunada consideramos del ‘Tercer Mundo’, que no dejan de estar sometidos a la pobreza, la marginación, el hambre, la guerra o la barbarie. Una décima parte de la humanidad, la de la tecnología y los avances científicos, sigue intentando controlar, dominar, abusar y destruir en su propio y único beneficio los recursos naturales y humanos de las otras nueve décimas partes. Según estimaciones de las Naciones Unidas, en el siglo XXI hay al menos mil millones de personas (una sexta parte de la humanidad) viviendo en una pobreza casi absoluta, e incluso una de cada cuatro personas del llamado ‘mundo desarrollado’ es pobre; en tiempos de las superautopistas de la información, sigue habiendo mil millones de analfabetos; sólo una sexta parte de la humanidad tiene agua potable; cada año mueren más de medio millón de mujeres por deficiente atención médica en el embarazo, parto o posparto; cada minuto siguen muriendo 30 niños por falta de alimentación, agua potable o asistencia médica, y cada día fallecen 40.000. En todo el mundo, la cifra de jóvenes sin hogar o de niños de la calle supera los 100 millones. Y la desigualdad social se mantiene, si es que no va en aumento: casi el 90 por ciento de los ingresos mundiales está en manos del 20 por ciento de la población más rica del planeta; aumenta el trabajo infantil y femenino: millones de menores de edad son y seguirán siendo esclavizados, explotados laboral y sexualmente… y para qué extenderme citando la destrucción de la Naturaleza, de los bosques, la contaminación…
Se nos habla de la necesidad de una paz universal, pero se potencia la represión masiva y se cierran los ojos ante masacres como la de Irak, por no citar otras muchas (Chechenia, Afganistán) y las que vendrán… Se habla de un mundo más habitable, pero quienes detentan el poder son los primeros en fomentar el deterioro del planeta, abusando de sus recursos hasta el límite. Se habla del derecho universal a la vida, a la dignidad, al progreso y al bienestar, mientras, como dije antes, nueve décimas partes de la población mundial están condenadas al hambre y al exterminio para que la décima parte restante viva muy por encima de sus necesidades.
Quienes detentan el poder -en otras palabras, el sistema establecido- manipula nuestras conciencias y tratan de implantar una civilización robotizada y entregada al dominio absoluto del ‘tener’ sobre el ‘ser’, haciéndola cada vez más agresiva, olvidada de su propia evolución y obediente sólo a las leyes del progreso en beneficio de la minoría dominante. Para todos nuestros problemas se nos ofrecen soluciones, pero éstas están manipuladas y condicionadas a nuestra sumisión. No nos lo dicen directamente, pero así actúan: “Toma mucho fútbol, muchos canales de TV satélite, muchas teleseries, mucha telebasura, muchos juegos de ordenador para los niños, mucho Internet y mucho sexo virtual, mucha comodidad y nuevos cacharros electrónicos y teléfonos móviles y lujos y todo lo que necesites sin tener que salir de casa, para que no protestes, para que no te quejes, para que no te des cuenta de nada, para que podamos seguir explotándote mientras tú sigues calladito y conforme y crees estar contento y ser feliz…”


Por todo ello, el siglo XXI debe suponer para todos nosotros una oportunidad única, posiblemente la única que le queda ya al ser humano actual, para escoger con conciencia plena entre el camino de la evolución personal o el plegarnos a la voluntad deshumanizada de una opción volcada a un progreso tecnológico imparable pero que carece de la libertad necesaria para que, tanto el colectivo de los seres humanos como cada uno de nosotros en particular, pueda alcanzar su auténtica realización. No podemos dejar esta elección en manos de esa minoría prepotente que sólo aspira al dominio absoluto del mundo y de sus recursos. Si es que aún nos queda algo de voluntad, hemos de hacerla valer, optar por una elección independiente de nuestro camino y ser bien conscientes de que todos, primero, segundo, tercer mundo… formamos parte del mismo destino.
No podemos ceder de ninguna manera al ejercicio indiscriminado de un consumismo que sólo beneficia a quienes nos proporcionan los medios de satisfacerlo. No podemos permitirnos el lujo de atentar contra nuestra salud y nuestra supervivencia cediendo a unas formas de vida que progresivamente se van deshumanizando más y más. Y tenemos todos nosotros la obligación de l uchar por la solidaridad entre todos los seres humanos, por lograr que se acabe con esta agresividad que hace que media humanidad se enfrente a la otra media, por la necesidad de llevar a cabo la realización de nuestras ilusiones, de nuestras vocaciones, y no por cumplir a ciegas con las disposiciones que el sistema trata de insuflarnos para servir mejor a sus intereses.
Se habla y mucho de que cambiamos de la era de Piscis a la era de Acuario, y que este cambio implica grandes transformaciones sociales y una evolución, sobre todo a nivel espiritual, de la humanidad. Se habla y se hablará mucho más a partir de ahora de la necesidad de un mayor desapego frente a las cosas materiales, de una mayor solidaridad entre todos los seres humanos, de amor, de luz, de liberación espiritual… pero cualquier cambio dependerá únicamente de nosotros mismos, de cada uno de nosotros, de nuestra postura vital y de nuestro compromiso cotidiano. Que sepamos aprovechar esta oportunidad de elegir o bien que no dejemos arrastrar por la llamada subliminal del mal llamado progreso y del peor denominado bienestar, es algo que nos atañe a todos y que sólo nosotros podremos resolver.
El dramaturgo español Jacinto Benavente dijo en una ocasión: “La tontería de la Humanidad se renueva diariamente”. Por ello, si no comenzamos cambiando desde nuestro propio interior, intentando actuar, ver y sentir las cosas de una manera radicalmente distinta a como hacemos ahora, procurando fijarnos menos en el ‘tener’ y mucho más en el ‘ser’, poco o nada cambiará. Éste es el único temor, el único miedo que debe realmente preocuparnos en este tercer milenio: no ser capaces, cada uno de nosotros, de asumir, de ser conscientes de toda esta flagrante, cruel y vergonzosa realidad.

Deshumanización es un concepto utilizado con cierta frecuencia en cuestiones relacionadas con las ciencias sociales y políticas. El término deshumanización define un proceso mediante el cual una persona o un grupo de personas pierden o son despojados de sus características humanas. Los procesos de deshumanización, de valoración ética habitualmente negativa, remiten inmediatamente a la noción de humanismo como contracara éticamente positiva.

Por otra parte el concepto “deshumanización del arte” fue originalmente desarrollado por el filósofo español José Ortega y Gasset para referirse a las corrientes artísticas de vanguardia de la primera mitad del siglo XX.

Los procesos de deshumanización están íntimamente relacionados con los sistemas de dominación y poder. En general los sistemas autoritarios de poder contienen procesos de deshumanización de las personas a ser dominadas.

Se han detectado procesos de deshumanización metódica como sistema de dominación en campos de concentración como los organizados por el nazismo, las dictaduras sudamericanas (Chile bajo Augusto PinochetArgentina entre 1976-1983 bajo Jorge Rafael Videla), los gulags soviéticos, etc.

Más recientemente se han detectado situaciones metódicas de deshumanización llevadas adelante por fuerzas militares norteamericanas en Iraq y en la prisión de Guantánamo.

George Orwell en su novela 1984 desarrolla profundamente las relaciones entre los procesos de deshumanización, Estado autoritario y poder.

Existe una amplia corriente de pensamiento que asocia el desarrollo de la tecnología con la deshumanización. Desde este enfoque en general se sostiene que la tecnología tiene el efecto de entorpecer las relaciones humanas aislando y alienando a las personas.

La histórica película Tiempos Modernos de Charles Chaplin es un alegato frente a la deshumanización del trabajador producido por lamáquina y la forma intensiva de organización del trabajo.1 El escritor argentino Ernesto Sábato ha desarrollado ampliamente un pensamiento que cuestiona la sociedad tecnológica como fuente de una vida deshumanizada.

 

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