Antecedentes de los nexos Narco-Televisa:

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Tal y como lo informara El Cronista Digital la semana pasada, existe conexión entre Televisa y los 18 mexicanos detenidos en Nicaragua el 20 de agosto por su presunta vinculación al narcotráfico al transportar US$ 9.2 millones en tres Van.
Dos emisoras vinculadas al gobierno confirmaron que al menos una de las camionetas utilizadas como móviles de transmisión, pertenece a la poderosa empresa de televisión de la nación azteca.
La agencia cubana Prensa Latina publicó que aunque Televisa negó todo vínculo, “es propietaria de al menos una de las seis camionetas Chevrolet tipo Van que la Policía decomisó el lunes 20 de agosto, señalan las emisoras La Primerísima y Tu Nueva Radio Ya, a partir de relevaciones mediáticas en México e indagaciones propias”.

Agrega que en las furgonetas, habilitadas como unidades móviles para transmisiones de televisión, fueron hallados más de 9,2 millones de dólares en compartimentos ocultos, y tanto en los billetes como en los vehículos se detectaron trazas de cocaína.
De acuerdo con datos del padrón vehicular de la Ciudad de México, el vehículo con placas 886XCR y número de serie GC2GTBG1A1135600 está a nombre de Televisa, S.A. de C.V., reseña La Primerísima.
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En dos camionetas más, con placas 571XXD y 165XCC, la policía nicaragüense encontró otras 35 maletas, unas eran completamente negras, otras tenían franjas azules o rojas, que también contenían paquetes de dólares, detalla la emisora.
Según la acusación fiscal, la única mujer del grupo, Raquel Alatorre dijo ser “reportera, presentadora y jefa de información”, sin precisar el medio de comunicación.
Asimismo, el documento consigna que “los acusados cumplían la función de presentar la fachada de ser parte de un convoy de la empresa Televisa y al mismo tiempo realizaban la función de supervisión, traslado y custodia del dinero que llevaban oculto en la caravana de vehículos”.
Indagaciones de Tu Nueva Radio Ya revelan que la Van con placas 886 XCR, ingresó por primera vez a Nicaragua el 12 de febrero de 2011, en caravana con otros dos transportes similares, detalló el reporte.
Mediante averiguaciones propias, Tu Nueva Radio Ya conoció que la Van, con placa mexicana 886 XCR, está a nombre de Salvador Guardado, uno los 18 implicados.
Hace días se conoció mediante “filtraciones” de fuentes militares que en Nicaragua se encuentra un alto funcionario de Televisa, cuyo nombre no se dio a conocer.
Vale decir que la información sobre la Van con placas mexicanas fue publicada primero por una revista mexicana que después la borró de internet, dejando solo el primer párrafo donde se colegía que habían dado con el nexo Televisa que dicha empresa negó rotundamente.

 

*La aprehensión de Luis Alberto Azcárraga Milmo, el “familiar incomodo”, preso en 1971 por cruzar heroína a EEUU, que luego escapo y no se supo nada sobre el.

*El asesinato de Francisco Stanley (adicto a la cocaína) por el cartel de Juárez de Amado Carrillo, “El señor de los cielos”.

*La detención de Guillermo Francisco Ocaña Pradal (Memo Ocaña) ex-conductor del programa de televisión “De Boca en Boca”, uno de los principales eslabones del cártel de los Beltrán Leyva, se vinculó desde los años noventa con Clara Elena Laborín Archuleta, esposa de Héctor Beltrán Leyva, al grado de que en varios inmuebles de este cartel se grabaron telenovelas (Cadenas de Amargura y Rubi) de Televisa.

*El caso de Salvador Cabañas que fue atacado en el Bar-Bar por el J.J. integrante del cartel de los Beltrán Leyva y que sostenía relaciones con varios actores de Televisa. Silvia Irabien (La Chiva) declaró que el J.J. era padre de su hija.

*Asesinato de Jose Luis Cerda Melendez “La Gata” animador de telehit, por el cartel del golfo y les dejan el narcomensaje: “YA NO SIGAN COOPERANDO CON LOS ZETAS ATTE CDG SALUDOS ARQUITECTO EL NUMERO UNO”.

Ademas el sospechoso y siempre tajante rechazo a la legalización de las drogas, de parte de los conductores/reporteros de televisa cada vez que se “debate” el tema.

Un gobierno, una televisora, tres generaciones
“Esto es México”

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Dice Editorial Grijalbo sobre el más reciente libro de Fabrizo Mejía Madrid, puesto a la venta en estos días:

«¿Qué ocurría dentro de la televisora más grande de habla hispana, en sus foros, en sus decisiones, en sus fracasos? ¿Qué tanto de México y de América Latina es el resultado de lo que sus habitantes vieron durante 50 años en las pantallas? ¿Somos todavía lo que vimos? Esta novela es, en cierta forma, una respuesta.

Aquí está la historia de medio siglo de la televisión mexicana, desde su primera transmisión —una misa—, hasta los líos familiares para hacerse de su control. Por sus páginas desfilan lo mismo comediantes, cantantes, productores de telenovelas, conductores de noticieros, que presidentes de la República, gobernadores, jefes policiacos. Nación TV —narrada con la agilidad punzante de Fabrizio Mejía Madrid— cuenta la historia de la televisión y del poder, sea éste partidista, presidencial, religioso o económico. Medio siglo de una televisión monopolizada cuyo espíritu se mantuvo inamovible: “entretener a los jodidos”.

Esta novela es, también, una reflexión sobre las relaciones entre padres e hijos, de tres generaciones de Azcárraga que quisieron imprimirle a su herencia un estilo personal para adueñarse de México».

A continuación, emeequis reproduce, con autorización del autor, fragmentos del primer capítulo.

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Nación TV
La novela de Televisa

Por Fabrizio Mejía Madrid

Los personajes y acontecimientos que se narran en esta novela pertenecen al territorio
de la ficción. Están basados de manera distante en personajes reales.
Cualquier parecido con la realidad es culpa de la realidad.
Esto es una novela.

Basílica de Guadalupe

La noche del miércoles 11 de diciembre de 1996 una caravana de Televisa se desplaza por la Calzada de los Misterios. La policía abre paso entre los peregrinos que duermen a las afueras de la Basílica de la Virgen de Guadalupe. Las cantantes, los actores, los conductores de programas de concursos apenas miran a esa ralea de pobres que caminan año con año, desde hace siglos, entre polvaredas, sin comer, sin dormir, sólo para ir a pedirle milagros a la Virgen. Tapados apenas con sarapes, los niños sostenidos en rebozos, la multitud guadalupana que ha caminado durante semanas enteras para llegar al atrio y rezar durante segundos —se camina ante la imagen; los sacerdotes no permiten que nadie se detenga— ve, adormilada, cómo pasan las camionetas de Televisa, con sus vidrios polarizados. La multitud enciende fogatas, sahumadores, anafres. Adentro de las camionetas de Televisa hay calefacción. No se puede distinguir a la cantante Lucero haciendo gárgaras de vinagre con dos vasos para eliminar las flemas. Ella no repara en los miles que les abren paso a una indicación de las patrullas de la policía: hace poco se ha convertido a la religión del neomexicanismo que ve en la Virgen de Guadalupe una deidad volcánica que cuida el flujo de energía entre los chakras planetarios. Ella no cree en los milagros, sino en conectar la energía con el planeta. Por eso se viste de blanco. Su gurú le ha dicho que ése es el color de las energías que harán circular la era de Acuario por el canal de Panamá, desde los volcanes mexicanos hasta los Andes.

En otra camioneta va Raúl Velasco que, ahora, se considera más cerca del budismo y de lo que él llama la “yoga meditativa” que del guadalupanismo, pero que sabe que hay que asistir al espectáculo de la fe por televisión: Televisa ha ayudado a levantar la nueva basílica, así como en otro tiempo construyó el Estadio Azteca. Religión y futbol son las dos piernas de la televisión mexicana. El animador de Televisa ha hecho ayuno: no ha cenado. Se ha puesto caracoles alrededor del cuello, para “llevar algo indígena”, como ha explicado a sus asistentes —su hijo— antes de subir al auto.

Arriba, en un helicóptero, el dueño de Televisa, Emilio Azcárraga Milmo, sólo ve una larga fila de peregrinos que se convierten en círculos cuyo centro es atravesado por sus camionetas. Un cuadro abstracto, como los que ha coleccionado obsesivamente una de sus esposas, Paula Cussi. Este año, Las mañanitas a la Virgen no pueden ser otro programa más de televisión. La fe está en riesgo y, con ella, Televisa. El propio abad de la Basílica, Guillermo Schulenburg, en el que tanto confió en otras décadas, enloqueció al decir, después de 33 años al frente de la abadía, que el indio que miró por primera vez a la Virgen de Guadalupe, Juan Diego, “no era una realidad, sino un símbolo”. El Vaticano se trastornó con las declaraciones. Con ellas Schulenburg se oponía a la canonización del indio mexicano y destruía la mitad del mito guadalupano: que los milagros existen, que todo lo espiritual es, también, material. Que la Virgen era un enlace entre indios y poderosos. Tras recibir las quejas del Vaticano extendidas en mano por su enlace en Televisa, Aurelio Pérez, Azcárraga había montado en cólera y exhibido las supuestas propiedades del abad de la Basílica en sus noticieros: residencias de lujo, autos, casas de campo en la Toscana donde él mismo había comido, insinuaciones de que tenía hijos con varias mujeres.

—Pero tú tienes hijos con varias, yates, castillos, colecciones de pintura —le había criticado a Azcárraga un amigo muy cercano, si es que tenía alguno.

—Sí, pero yo no me digo santo.

Al final del linchamiento mediático, el Vaticano despidió a Schulenburg de la abadía, junto con Carlos Warnhotz, el arcipreste, al que le sacaron sus muebles, ropa, baúles, a la calle, después de 20 años de vivir en la casa sacerdotal.

Así que Las mañanitas a la Virgen no eran ese año un asunto de trámite, ni siquiera de creencia: muchos en Televisa ya no eran guadalupanos. El propio Emilio se había convertido a la cienciología. Sus culpas, llamadas por los cienciólogos “engramas”, las había repetido frente a su “auditor” en Los Ángeles, California, una y otra vez, con un detector de mentiras atado al pulso, delante de una grabadora. Los cienciólogos sabían más de él que cualquiera de sus hijos y de sus esposas. Sabían, por ejemplo, lo del XB-PEX. Y sobre sus amantes, sobre sus vicios.

—Todos tenemos una nave espacial en nuestro pasado —lo había calmado una vez en Miami el actor John Travolta. Un mes después, Televisa hacía un programa para popularizar los pasos del “disco”, Fiebre de Sábado, con el bailarín Fito Girón disfrazado de Travolta, para hacer de la película un fenómeno masivo en México.

Emilio creía en la cienciología, a la que sólo podían acceder los “upstat”, los exitosos. Los demás, los pobres, tenían que trabajar de esclavos para conocer sus enseñanzas. No los guadalupanos, que tenían una religión de “jodidos”, de himnos murmurados, de imágenes hechas con flores, conchas, hojas de maíz. Emilio despreciaba la idea de la resignación, de la espera —esperanza— de quedarse quieto hasta que el milagro sucediera. Él prefería ser tratado como un hombre exitoso, de acción, que lograba cada uno de sus cometidos, porque el éxito atrae el éxito. Eso se repetía en la dianética de Los Ángeles, California, ahora que le habían descubierto cáncer por segunda vez. El cáncer se sentía distinto desde el aire, dentro del helicóptero, desde arriba, viendo a esos peregrinos inmundos. Él no pedía un milagro. Lo merecía.

Para Emilio Azcárraga Milmo esta visita a la Basílica era una operación de emergencia. Bendecido el nuevo atrio por el arzobispo Miguel Darío Miranda, la Virgen requería ahora un rescate televisivo, con nuevas canciones, en voz de las estrellas de mayor rating, y con el uso de los enlaces en vivo por satélite. No era, como en tiempos de su padre en la radio, una celebración en la que todo se reducía a una transmisión interferida donde, acaso, “los Pedros” —Infante y Vargas— entonaban Las mañanitas desde 1932 (año en que el gobierno amenazó con quitarles la concesión de radio por “no ser laicos”). No, esta vez lo que estaba en juego era la fe mexicana, tras un año de crisis económica, en la que incluso Televisa había estado a punto de ir a la quiebra. Emilio Azcárraga casi se persignó mientras el aparato bajaba en el helipuerto de la Basílica en cuya pista lo esperaba el cardenal Norberto Rivera. Dudó si esa visita a la Virgen pudiera granjearle un milagro. El cáncer de Emilio era incurable, cuestión de días, de meses, decían el doctor Borja y los médicos de Houston, su verdadera patria. Ni la cienciología, ni su dictador extraterrestre Xenu, ni la Virgen podían salvarlo. Con ese abandono a medias, Emilio bajó lentamente del helicóptero, tomándose de los barandales, ayudado por sus guardaespaldas. El arzobispo salió a saludarlo con los hábitos volando, sosteniéndose el solideo con una mano.

—Hola, pecador —lo saludó Emilio Azcárraga, gritando sobre el ruido de las aspas.

—Hola, diablo —reviró el arzobispo.

Ambos se sabían. Ambos ocultaban que se sabían. Ambos se otorgaban el perdón. Si lograban que el indio Juan Diego —el que vio a la Virgen de Guadalupe por primera vez— se convirtiera en santo, los dos harían millones. Al menos ésa era la idea. Se estrecharon la mano en el sobreentendido de que, para uno, esa misa iba a ser la reivindicación del poder de la Iglesia Católica Guadalupana y, para el otro, la reivindicación del poder de Televisa como creadora de mitos. Cuando entraron por la parte de atrás de la Basílica quedaron de frente al olor de los peregrinos, a mugre, polvo, fogatas y copal. Las radiaciones y las quimioterapias le habían desarrollado a Emilio el sentido del olfato. Las pestes de la Basílica le hicieron taparse la nariz. El arzobispo lo miró de reojo y se sonrió:

—Aquí están los jodidos para los que haces tu televisión.

—Por eso se las envío por satélite, cabrón, para no olerlos. Puta madre. ¿Qué no puedes poner un sistema de ventilación?

—Lo tenemos, pero la pobreza se adhiere.

Había dos pantallas planas, 10 cámaras, unidades satelitales; las cantantes ya estaban alineadas en orden de aparición; se hacían pruebas de audio, “sí, sí, dos, tres, cuatro, cinco, cinco, cinco”. Emilio Azcárraga saludó con la cabeza al floor manager de la Basílica y, por primera vez en dos décadas de dianética, cerró los ojos y se persignó. Luego, hizo una indicación con los dedos:

—En cuatro, tres, dos… comenzamos.
* * *

Emilio nunca llegó a recibir el cadáver de su padre. Su viejo había muerto un sábado al cinco para las nueve de la mañana de 1972 en el Hospital Metodista de Houston, su tierra natal. Lo ocultaban, pero los Azcárraga no eran mexicanos, eran texanos, acaso el lugar más antimexicano del mundo, por las semejanzas, como todas las largas enemistades. Emilio recibió una llamada tempranera de su madre, Laura Milmo, desde Estados Unidos y por cobrar:

—Vamos con el cadáver de tu padre en un avión Braniff y llegaremos a la plataforma “olímpica” del aeropuerto. Cañedo consiguió que nos dieran trato de presidentes.

—Ahí estaré —aseguró Emilio.

Pero no llegó. Se dio vuelta en la cama y miró la curva que hacía bajo la sábana su cuarta esposa, la Güera. Ella misma se llamaba “Paula Cussi”, a pesar de que, en verdad, la habían bautizado con el menos glamoroso Encarnación Presa Matute. Emilio todavía no se había divorciado de la hija del presidente de Celanese en México, Nadine Jean —a quien había conocido porque su compañía, Viscosa Mexicana, cuenta de Edmundo Lasalle y Domingo Alessio Robles, se anunciaba en el programa TV Revista—, pero hacía trescientos sábados que no despertaba con ella, ni veía a su hijo. Emilio cerró los ojos y repasó lo que había planeado para ese momento, para el día en que, finalmente, su padre se muriera. Suspiró.

—¿Quién era? —preguntó, pastosa, Paula, que decía los horóscopos y el clima en los noticieros de la televisora de Azcárraga.

—El futuro —respondió Emilio—. Mi padre se murió, al fin.

Paula se volteó y lo abrazó. Él sintió una repulsión al olor de las pesadillas de la noche anterior, al maquillaje y las cremas para dormir, pero le murmuró sobre el cabello que olía a grasa y a acondicionador:

—Desde ahora tú y yo podremos vivir juntos. ¿Te gusta la casa de Shakespeare y Lafayette?

—No la conozco. ¿Es grande?

—Es el futuro.

El avión Braniff con el cadáver de Emilio Azcárraga Vidaurreta aterrizó en la plataforma que menos de cuatro años antes se había utilizado para recibir a los presidentes en la inauguración de la Olimpiada México 68. Eran casi las siete de la noche del 23 de septiembre de 1972. Llovía. Media hora después, dentro de los cadillacs de Guillermo Cañedo, iban el inventor de los mundiales de futbol, Alejandro Burillo en uno; en la limusina viajaban Laura Milmo, su hermana, y los Mascareñas lo hacían en un tercero. Llegaron a la casona embrujada de Reforma 1435 con el féretro. Adentro de la caja de caoba, el dueño de la radio mexicana y de la mayor televisora de América Latina yacía, cumplidos los 77 años, consumido por el cáncer. La caja iba ligera. Los choferes bajaron primero para guarecer al cortejo fúnebre con paraguas. Los zapatos de boutique, los italianos hechos a la medida, pisaron los charcos sobre la Avenida Reforma y se enfilaron detrás del féretro para hacer la primera guardia: Laura, su esposa; Amalia Gómez Zepeda, su secretaria durante 30 años; Alejandro Burillo y Eduardo Mascareñas, sus concuños. Nunca su hijo Emilio.

Cuando llegó el cadáver de su padre, Emilio estaba en la sala de televisión recordando un día en particular, 20 años atrás. Era otro sábado, el 12 de enero de 1952, y apenas tres horas antes había terminado la última de sus 103 despedidas de soltero. Se iba a casar por primera vez. Todas y cada una de las noches desde octubre del año anterior habían sido de borrachera, fiestas que empezaban en Madrid y terminaban en vomitadas en los canales de Venecia, despertares con los ojos emborronados que veían siluetas que abrían la puerta y se iban sin despedirse. La noche anterior había estado con el hijo del presidente, Miguel Alemán, de cabarets. Y se le hizo tarde para lo que tanto había insistido su padre, la inauguración de Televicentro, la primera Televisa, en Chapultepec 18:

—Es un día histórico, Príncipe —le dijo su padre por teléfono—. Llega puntual y sobrio, por favor.

Con el lazo del esmoquin desabrochado, greñudo y sin un zapato, llegó tarde, dando brinquitos para no ensuciarse el calcetín. Pero fue inevitable, terminó apoyando el pie sin zapato para abrirse paso entre la multitud que ya oía la bendición del arzobispo Luis María Martínez:

—La televisión mexicana está llamada a ser punto de unión de la familia y de México en la fe.

Su padre, enorme, calvo, desde atrás del podio lo miró llegar desorientado. Le dirigió una de sus miradas de rabia y desprecio. Estaban distanciados desde siempre, pero más desde que Emilio había decidido dejar la Academia Culver, en Indiana, para casarse con Gina. No era buen estudiante. Sólo había aprobado Biblia, equitación y, por si fuera poco, en español no había obtenido 10. Como buen texano, Emilio había aprendido del castellano sólo los insultos. La discusión sobre dejar la Academia Culver, donde se disciplinaba a los hijos de los ricos latinoamericanos, terminó casi a golpes entre el padre y el hijo. Emilio le gritó:

—Pero si el papá de Gina lo conoció a usted cuando contrabandeaban juntos oro hacia Estados Unidos. Él me lo contó.

—Shondube era un vil ladrón de joyas que entraba a las haciendas aprovechando el caos de la Revolución.

—¿Y usted no?

El padre tomó el cenicero de pie recubierto con latón y se lo aventó a Emilio. Él lo esquivó con un brazo y el cristal cortado terminó por estrellarse contra el ventanal de la sala que daba al jardín. El vidrio fue reparado en menos de una hora, pero padre e hijo tardaron meses en hablarse de nuevo. Y, para colmo de males, en la inauguración formal del edificio que albergaría a la televisión mexicana, en Chapultepec 18, Emilio llegaba desorientado y sin un zapato. Era el lanzamiento del gran proyecto de su padre, una televisión para las amas de casa que comprarían lo que se les anunciara: electrodomésticos, colchones, café soluble y jabones. Una televisión para vender. Era la obra de la vida de su padre, que había comenzado al enlazar a los artistas del cine con la radio, en la XEW, y terminaba ahora, enlazando las voces con la imagen, en la televisión. Ante los periodistas, los fotógrafos, los mirones, su padre había sentenciado la particular importancia de su flamante televisora:

—La radio es mi esposa: para ella, nada. La tele es mi amante: para ella, todo. Hasta lo que no me pida.

Hubo risas. Era 1952.

Al verlo llegar sin un zapato, a Emilio le hicieron un hueco en el podio. Saludó a su padre con un gesto de la cabeza que le hizo caer sobre la cara el copete, encanecido prematuramente. Su padre se acercó a decirle algo al oído. Emilio lo recordaría por siempre:

—Hoy no dejaste de ser el Príncipe —susurró su padre con ese tono texano con el que aprendió a hablar el castellano—. Sólo pasaste a ser el Príncipe idiota.

Su padre le clavó la mirada. Él sólo pudo responderle con los ojos rojos y nublados. Emilio supo ese día que su padre no le confiaría jamás ni las radiodifusoras ni la televisión.

Veinte años después, con el cadáver de su padre velándose en la sala atestada de cantantes, actrices, cómicos, locutores, publicistas y políticos, Emilio se sentó a pensar viendo las fotografías en las paredes de la sala de televisión de su padre: delante de su primera automotriz, dentro de su tienda de fonógrafos, delante de la XEW, flanqueado por Pedro Vargas y Agustín Lara, dándole la mano a Miguel Alemán en un “Día de la Libertad de Expresión”. Recordó entonces aquella frase de su padre: “Vender cosas no te hace rico. Yo vendí el aire y veme”. Sus ojos de príncipe recorrieron las fotos y no se ubicó en ninguna. Su padre había mandado quitar alguna donde él estaba, de niño, jugando en la arena de Acapulco. Poco a poco, su padre lo había ido eliminando de sus orgullos.

Emilio recordó, sentado en la sala junto a donde velaban a su padre, a otro cuerpo: el de su primera esposa, Gina Shondube, por la que se había salido de la Academia Culver y de casa de su padre. Después de ella hubo esposas, jamás amores. Él le decía a Gina Pato, por la forma en que su boca se jalaba con todo y nariz hacia un pico. La había conocido en unas vacaciones de Semana Santa en México y, simplemente, ya no regresó a la academia de latinoamericanos jugando a ser gringos. Todo lo demás fueron preparativos para la boda y 103 despedidas de soltero. Se casaron por la iglesia en el santuario de Regina y, a pesar de que Emilio le pidió a su padre que con su poder en la radio consiguiera a Pedro Infante, sólo le llevaron a María Luisa Carvajal para que cantara el Ave María. De hecho, su padre se negó a ser testigo de la boda. Emilio no lo necesitaba: los testigos eran el presidente de México, Miguel Alemán; su secretario de Hacienda, Ramón Beteta, y Tomás Braniff, hijo de quien había dicho durante la Revolución: “Madero quiere que voten hasta las masas ignorantes, personas que ni siquiera saben que son mexicanas”. Pero ahora, en 1952 los juniors de la Revolución estaban en su boda en la iglesia de Regina: el llamado Club 22, todos réplicas de los nombres del padre, pero con el Jr. atrás, en una sucesión de la monarquía del dinero heredado: Othón Vélez Jr., Miguel Alemán Jr., Gabriel Alarcón Jr., Emilio Azcárraga Jr., Rómulo O’Farrill Jr. Él entró del brazo de su madre, Laura Milmo, y ella, Gina, la novia, con su padre, el alemán Heine Shondube, que solía robar haciendas abandonadas durante la Revolución para vender el oro, la plata y las joyas en Estados Unidos. Pero antes de que entraran, una paloma negra se metió a la iglesia, chocó contra el altar, justo donde se alza la Reina del Cielo, se cayó al suelo, dio unos pasos y se desplomó.

La riqueza tiene mucho de agandalle pero también de azar. Los poderosos suelen ser supersticiosos, y esa paloma inmóvil en el altar los hizo santiguarse a todos. Un monaguillo retiró la paloma muerta y entraron los novios.

Cuando, tras la ceremonia, Emilio y su padre se abrazaron, éste le avisó:

—A ver cómo le haces para mantenerla, porque no te voy a dar nada.

Ser rico y no tener la ayuda de tu padre es muy distinto a ser pobre. Con el hijo del presidente Alemán, Emilio comenzó una compañía de venta de publicidad que aprovechaba la fuerza de la XEW: si compras publicidad en nuestra televisora, nuestras estaciones de radio te hacen un descuento para anunciarte. Trabajaban en el día traficando con influencias entre la radio, la televisión y la Presidencia de la República, y por las noches se iban de farra a los cabarets de San Juan de Letrán. De mañana, crudos, eran integrantes del Club 22, los hijos de los 22 que movían el poder, el dinero y las influencias en México, y de noche se liaban en besos ahogados con escorts, meseras y putas en apartados —como el de El Quid, propiedad de quien se convertiría en uno de los productores de telenovelas, Ernesto Alonso— reservados, que estaban arriba de donde los demás bailaban al ritmo de orquestas y artistas que la XEW había inventado.

—Yo hago a los cantantes de América Latina —había dicho su padre— por una simple razón.

—¿Para que sean los mejores? —preguntó un reportero. —No, para que sean los únicos.

Peleado con su padre, en los ocho meses posteriores a su boda, Emilio llegaba de madrugada a casa de Heine y Aurora Shondube para encontrar a Gina, su Pato, aletargada, tirada en una cama empapada en sudor. Recordó aquellos ataques en los que los brazos y piernas de su esposa se movían sin control, el cuello jalándole la mandíbula, los ojos en blanco, la espuma por la boca. Ella, tan bella, tan grácil, se convertía en un robot destartalado de un segundo a otro y había que correr a meterle un pañuelo en la boca para que no se mordiera la lengua. Emilio se horrorizaba con esos ataques y se quedaba petrificado, mientras su suegra corría con el pañuelo listo. Pato sólo vivió ocho meses de casada y embarazada. Fueron tan pocos que Emilio y ella nunca alcanzaron a salir de la casa de los suegros, en la calle de Lamartine. Más rápido que su embarazo creció el tumor en la cabeza de Pato y un día de septiembre de 1952 ella y el bebé se desvanecieron. Lo que el padre de Emilio le dijo por teléfono fue:

—Ay, Príncipe, ni siquiera sabes escoger a una mujer sin defectos de fábrica.

Tras sepultar a su Pato, Emilio se fue de borrachera; es decir, meses sin saber en qué ciudad europea se despertaba, aunque siempre con Miguel Alemán Jr. Fue éste quien una noche en Le Petit Noailles, en Pigall, le avisó:

—¿Supiste que tu papá nombró a tu cuñado como administrador general de Televicentro?

—¿Cuál cuñado? —gritó Emilio, entre la música y las conversaciones de las putas sentadas en las piernas de los de la mesa de junto.

—¿Cuál va a ser? Fernando.

Él ya sabía que su padre no lo tenía a él contemplado como heredero de su epopeya televisiva. Eso quería decir Príncipe idiota. Que se hubiera decidido por Fernando Diez Barroso, casado con su hermana la grande, Laura, no le sorprendió mucho: después de todo, era hijo del primer contador titulado de México. Su padre no creía al hijo capaz de administrar una empresa, ni de escoger una esposa, ni de estar a tiempo en ningún lugar. Eso ya lo sabía. Detrás de sus lentes oscuros, Emilio sólo le bufó pffff a Miguel Alemán Jr. y se sirvió más champaña. Glugluglu.

Callados, entre el escándalo de la música y los zumbidos de la borrachera y todavía los estragos de la visita al fumadero de opio en Pigalle, Emilio reunió la fuerza para preguntarle a Miguel Alemán Jr.:

—¿Ahora quién se anda picando a Rosita Arenas?

Alemán esbozó una sonrisa:

—Mi papá no me dejó casarme con ella.

—Pásamela. Yo me caso con ella —aventuró Emilio.

Pero dos semanas después, Emilio se estaba defendiendo de la decisión de casarse con una actriz. Desde una silla. Era una silla que medía dos metros y a la que se subía mediante una escalera. El padre de Emilio la había mandado construir así, con unas indicaciones precisas en el papel cuadriculado de un memorándum dirigido al taller de carpintería de Televicentro. El taller era dirigido en esos años por Avelino Artís-Gener, Tizner, un caricaturista que había llegado con Luis de Llano Palmer con heridas de la guerra civil española, y había pasado por la compañía de publicidad Grand Advertising. A Artís-Gener le faltaba el ojo izquierdo. Le decían Tizner porque le encantaba decir que lo suyo era “hacer tiznaderas”. Cuando recibió la orden de construir una silla de seis metros, se subió el parche del ojo para tratar de leer mejor, según él: era su forma de denotar alarma. Y levantó la silla descomunal con madera de encinos y clavos. Le adjuntó una escalera, que no venía en el dibujo, para que los acusados treparan a la silla como si escalaran al patíbulo.

Si el padre de Emilio te ordenaba ir a la silla, significaba que te iban a regañar: subías la escalera, te sentabas con la mirada hacia la pared, el dueño de la televisión mexicana pateaba la escalera, y no había forma de bajarse de ella, a menos que saltaras. Era un banquillo de los acusados en el que no veías a quien te increpaba, sino que sólo lo escuchabas como a Dios. Emilio oyó esto con la cara hacia la pared, que estaba rematada por una luz de foro de televisión que le daba justo en los ojos:

—Te prohíbo que escojas a tus esposas —le dijo su padre—. La primera, defectuosa, hija loca de un ratero. Ahora la actriz Rosita Arenas, que es una perdida que ha pasado por las armas de todos nosotros. En estos momentos parece que tiene un romance con Pedro Infante y Luis Aguilar, al mismo tiempo. Los dos al mismo tiempo, Príncipe. “A toda máquina.”

—Seré el cuarto en el trío, entonces.

—Príncipe: un Azcárraga no puede desposar a una mujer que atenta contra la moral, un deshecho, una dañada, una piruja. Necesitas enmendar tus decisiones.

—La dejo —respondió Emilio—, pero ¿a cambio de qué?

—¿Qué quieres? Dinero lo tienes, mientras obedezcas. No voy a permitir que tu vida sea un basurero.

—Dame un puesto en Televicentro como el que le diste a Fernando.

El padre lo meditó un instante. Emilio sintió la dureza de su asiento de encino, miró hacia abajo a su propia sombra, pequeña: hasta la luz del despacho estaba diseñada para hacerte sentir menos, “ninguneado”, esa palabra tan mexicana.

—Le vas a ayudar a Luis de Llano a programar. A ver si aprendes al menos eso. Pero dame una garantía de que no verás más a la Rosita Arenas.

—No te lo puedo prometer. Ahora mismo está filmando con Clavillazo. Sé dónde está el set.

—El chiste, Príncipe, no es que sepas; es que no puedas llegar a él —concluyó su padre y lo bajó de la silla.

Fue por eso que a Emilio lo mandaron a San Sebastián, en el entonces lúgubre país vasco franquista; para que meditara sobre su conducta y “rehiciera su vida”, que hasta ese instante era, según su padre, un total fracaso. Emilio, sentado ahora en el funeral paterno, recordó cómo, en el Palacio de Ayete, lugar de veraneo del dictador Francisco Franco, conoció a una esposa al gusto de su patrón. Quince años después, Franco condecoraría a su padre por el apoyo que su televisora le había prestado en tecnología y por abrir a la dictadura española a América Latina. Miembro del Opus Dei, su padre admiraba al fascista español por restablecer la Gracia de Dios en España y eliminar a los diabólicos comunistas. Así que, cuando el Generalísimo veraneaba en San Sebastián, cualquier Azcárraga era siempre bienvenido. Emilio recordaba la escena como un cuento de hadas, de teleteatro en blanco y negro: Franco lo saludó con un apretón de manos a la orilla del lago artificial, y desde atrás de su espalda, de su capa roja, apareció una mujer con aire distraído. Era rubia y llevaba un cigarro apagado en una boquilla plateada. Parecía desprotegida. Emilio esculcó las bolsas de su esmoquin; encontró un encendedor y se apresuró a poner la llama en la punta del cigarro. La rubia se llamaba Pamela Surmont. Dentro del palacio de Franco, le gustó cómo ella jugaba a columpiar el candelabro de cristal cortado en el centro de la sala. Se atrevía a hacerlo porque podía, porque era una aristócrata. Y justo era lo que Emilio necesitaba: una mujer de sangre azul para complacer a su padre y para borrar a su Pato. Regresó con ella y se casaron. Emilio entró a trabajar a programación, en la televisora. Pero sabía que el heredero de su padre no era él, sino su cuñado, Fernando Diez Barroso, esposo de su hermana Laura.

Veinte años después, sentado en el cuarto de televisión de Reforma 1435, Emilio miró las fotos que su padre muerto había conservado en las paredes. Afuera, llegaban al funeral los reporteros, las cámaras de televisión, los políticos. Ahí estaba todavía la foto de su padre abrazado por Fernando Diez Barroso y Donald MacKenzie, el encargado de América Latina de la National Broadcast Corporation, la NBC. Emilio recordó cómo Fernando Diez Barroso comenzó a llamarlo Príncipe, con una sonrisita de lado. Seguro su padre le había contado lo del Príncipe idiota. Emilio se molestaba con él, pero prefería la táctica de rehuirlo en los pasillos. ¿Qué tanto sabía de él su propio cuñado? La duda lo hacía odiarlo y temerlo a la vez. Pero debía tratar con él para que le autorizara el dinero para un nuevo programa de concursos, el pago a una cantante o la hechura de una escenografía. Matarlo a golpes hubiera sido contraproducente. Así que esperó. Oyó a su cuñado repetir hasta el cansancio:

—Aprendan de Valentín Pimstein —siempre les decía a él y a Luis de Llano Palmer—: hace sus telenovelas con cero pesos. Usa siempre la misma casa y le va dando vuelta a los muebles. Y, además, el chilenito usa el “apuntador”. Ya no gastamos en ensayitos pendejos. Es más: para ser actriz ya ni siquiera tienes que leer los libretos. Sólo tienes que estar buena. Después de desvestirlas, las vistes, las maquillas, y repiten lo que se les diga al oído. Nos encanta que repitan lo que les decimos.

—No siempre —reaccionaba Emilio.

—A lo mejor a ti te gusta que digan diálogos “artísticos” de Luis Buñuel. A mí no.

Una de las indiscreciones de Fernando Diez Barroso había sido comentarle a su padre que Emilio se veía con Silvia Pinal —actriz de Luis Buñuel por obra de su novio, Gustavo Alatriste— en un departamento de la Plaza Río de Janeiro. Le había dado un dato que avergonzó a Emilio:

—Me dicen que a Silvia Pinal le dices como a Gina: Pato. ¿Estás loco?

—No, señor —le respondió Emilio a su padre—. Es que tiene la misma trompa. Así —y Emilio sacó los labios y los juntó con su nariz.

—Serás tarado. Prohibida la Pinal, Príncipe. Es una mujer divorciada con una hija. Ésas no son más que para un rato, ¿me entendiste?

—¿Y quién le contó a usted, padre?

—Tus facturas en restoranes, hoteles, boutiques.

A Fernando Diez Barroso tenía que verlo en las comidas en casa de su padre cuando llegaba en calidad de esposo de su hermana Laura. Pero ni en familia cambiaba su actitud: le dirigía a Emilio miradas de desprecio, sabiéndose heredero del emporio televisivo. Fue en una de esas comidas de domingo en casa de su padre que Emilio les avisó a todos que construiría un estadio de futbol.

—¿Y tú qué sabes de eso? —dijo Fernando Diez Barroso sin dejar de mirar su plato de barbecue, es decir, carne asada con cátsup.

—Imagínese, padre —lo evitó Emilio—: un estadio construido para la televisión. Lo de menos será el futbol. La transmisión lo será todo.

—Estamos hablando de futbol soccer, ¿verdad? —dudó su padre, que era texano.

—Sí, del Mundial de Futbol para México. Un estadio para 100 mil espectadores diseñado para que se transmita por televisión, con espacios para comentaristas y cámaras.

—¿Y cómo vas a financiar eso? —dijo el cuñado Diez Barroso acomodándose la corbata.

—Con los Garza Sada de Monterrey. ¿Qué venden? Cerveza. ¿Qué consume la gente viendo futbol? Cerveza. No tiene pierde.

—¿Y dónde estaría el estadio?

—Guillermo Zamacona, Alemán y yo ya hablamos con el regente de la ciudad, el tal Uruchurtu. Piensa desalojar Santa Úrsula para construirlo.

—¿Dónde queda esa Úrsula? —preguntó su madre, Laura Milmo.

—Pues quién sabe —se rió entre dientes Emilio—, pero ya es nuestra.

Emilio esperaba que su padre se interesara en el proyecto del Estadio Azteca, pero no logró entusiasmarlo. Fernando Diez Barroso se levantó a la mitad de la explicación para encender un puro, pero tuvo problemas para prenderlo.

—Otra de las ideas de Zamacona es hacer encendedores desechables —murmuró Emilio, pero ya nadie lo estaba escuchando.

—Por cierto —dijo el padre con un dejo de burla—, me he enterado de que la parte de arriba del cabaret de Ernesto Alonso, ¿cómo es que se llama, Príncipe?

—El Quid.

—Ése. Que la parte de arriba, pasada la media noche, es para maricones. Le llaman el Club América.

Emilio quiso levantarse de la mesa. Alemán y él habían estado varias veces en el Club, pero su padre se burlaba del equipo de futbol que él había comprado, el América. Pamela Surmont se dio cuenta y cambió la conversación hacia las anécdotas de sus hijas. Se sonrieron sin dejar de fingir. Las cosas entre ella y Emilio no iban bien. Él se había enterado de que lo engañaba con Gustavo Olguín, amigo de la familia, con quien —decía— se iban a “cazar patos” a Acapulco. Lo de los “patos” era, por supuesto, una alusión, no muy sutil, a la forma en que Emilio se refería a sus otras mujeres. Ella había enviado a un detective a la Plaza Río de Janeiro para fotografiarlo con la hija del dueño de Celanese, una tal Nadine Jean, una francesa de cuello largo y arracadas, 20 años menor.

—¿Y a ésta también le dices Pato? —le dijo, aventándole las fotos un día sobre la mesa del comedor en Lomas Altas.

—No —respondió Emilio—. Le digo Pilú. Y tú, ¿has cazado muchos patos últimamente?

Pero todo era un juego de damas chinas que se resolvería con dinero, propiedades, acciones. Así que mientras se entablaban los juicios, las explicaciones legales, los alegatos sofistas, Pamela Surmont y Emilio seguían juntos en las comidas familiares. La naturalidad francesa para la infidelidad y la evasión mexicana para esconderla debajo de la alfombra se sentaban juntas a esa mesa tomadas de la mano cuando el momento lo exigía.

Emilio no pudo más que garabatear una sonrisa cuando pensó en aquella noche en que, cada quien en su recámara, Pamela bebía tequila leyendo una novela, mientras que Emilio ya iba por su sexto vodka viendo la televisión, NBC, no el Canal 2 de Telesistema. A él le gustaba la programación gringa y, a veces, la británica. La televisión que hacía Televicentro de México era “para negros”, como él mismo la calificaba. En eso estaban cuando, a lo lejos, abajo, empezaron a oír un barullo, muebles arrastrándose. Los dos bajaron en pijamas y desde la escalera miraron cómo la servidumbre, el mayordomo, la criada, los choferes, forcejeaban con unos trabajadores en camisetas. Pamela pensó: “¿Así serán los asaltos en México?”. Y Emilio supo de qué se trataba: los estaban embargando por no haberle pagado al banco de Monterrey, a los Garza Sada. El Estadio Azteca estaba saliendo en el triple de lo prometido por el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez. Y Emilio había recibido las notificaciones de embargo, pero no había respondido. Ese embargo era la forma en que los cerveceros Garza Sada le daban a entender que estaban hartos de que no les pagara. Y ese embargo era, también, la forma que Emilio tenía de involucrar a su padre en la construcción del Estadio Azteca. Le marcó. Eran las cinco de la mañana:

—Padre, me están embargando la casa de Lomas Altas. No tengo con qué pagar, dile a Fernando que asuma la deuda del Estadio Azteca por parte de Televicentro.

Emilio colgó casi en una victoria: su padre obligaría a Fernando Diez Barroso a responder con su televisora al estadio de futbol. Una sensación de entusiasmo le vibró en la garganta hacia su barbilla partida. Bajaron a dar “mordidas” para evitar que se llevaran los muebles de la casa de Lomas Altas. Emilio vio por un momento a Pamela negociando sobornos con el actuario, hablando con los cargadores, agitando billetes que acababan prensados en los cinturones de éstos, y pensó en la primera vez que la había visto, con su cigarro en una boquilla perpendicular como extensión de sus largos dedos. Su aire aristocrático no se iba ni en una situación como ésta. Y en eso sonó el teléfono:

—Perdón que te hable a tu casa a esta hora —dijo la voz de Nadine Jean—. Ya sé que no te gusta.

—¿Qué pasa? —susurró Emilio—. Estoy a punto de que me embarguen la casa.
—Creo que estoy embarazada.

Siete años después, Emilio está sentado en la sala de televisión de su padre muerto y se talla la cara con ambas manos. Su mente regresa al presente, al funeral en el que se congregan fotógrafos de prensa, cantantes, actrices, cómicos, lectores de noticias, edecanes, políticos. Alguien toca la puerta de la sala de tele. Emilio se levanta y abre. Es Bernardo Garza Sada, de los cerveceros de Monterrey:

—Es tiempo de terminar con todas nuestras deudas, Emilio.

—Pa’ luego es tarde. Aquí mismo. Atrás del cervecero está el presidente de la República, Luis Echeverría.

—¿Cómo estás, Emilio?

—Dispuesto a hacer un principio, presidente.

—No vayamos más lejos. Si tú, Garza Sada y O’Farrill hacen una sola televisora, la Patria se los agradecerá.

—Para eso estamos —le responde Emilio al presidente.

—Terminemos pronto con todo esto, Emilio —responde Echeverría—. Al rato tengo una función de cine en mi casa.

—¿Qué proyectas? —tercia O’Farrill, dueño del canal 8 de televisión, competencia de Televicentro del padre de Emilio, que también estaba ahí.

—Una que prohibí, de Pasolini —dice Echeverría—. Si quieren, la vemos y después negociamos una fusión de canales de televisión. Sería perfecto.

—No, presidente —le responde Emilio—. No hay mejor lugar que aquí. Un funeral debe tener algo de nuevo para no ser inútil.

Y Luis Echeverría, Garza Sada, Rómulo O’Farril y Azcárraga Milmo se acomodan en la sala y cierran la puerta tras ellos. Desde la guardia en torno al féretro, su hermana Laura mira la entrada del presidente de la República y observa a la secretaria de su padre durante 30 años, Amalia Gómez Zepeda, acomodarse los enormes lentes de armazón negro. Sus miradas se cruzan sin gestos y ambas ven la puerta cerrarse, en medio de los rezos. Laura, la hermana mayor que consentía a Emilio de niño, ahora le tiene desconfianza.

Con los ojos cerrados, en la Basílica de Guadalupe, Emilio piensa en las distancias con su hermana Laura. Todo cambió el sábado 13 de noviembre de 1965. Su padre, Emilio Azcárraga Vidaurreta, había organizado en Acapulco una fiesta para el jefe en América Latina de la NBC, Donald MacKenzie, y su esposa, que duraría todo el fin de semana. Fernando Diez Barroso, el marido de Laura, seguro heredero del emporio televisivo, los acompañaría en el avión privado de Telesistema Mexicano, un bombardero B-26 de la segunda Guerra Mundial, arreglado con motores de DC-6. Emilio, el Príncipe idiota, tenía que subirse a ese avión a las 12:30 de ese sábado, pero no llegó, como ya era su costumbre. Un día antes, cabalgando con su amante Nadine Jean en el Club Hípico Francés, se cayó del caballo y se luxó la pierna derecha.

Esa noche de 1972 Laura no deja de sospechar de esa coincidencia, ocurrida siete años antes. Como tampoco puede olvidar los rumores de que alguien vio a su hermano Emilio conversando en los pasillos de Chapultepec 18, Televicentro, con el mecánico del avión, Misael Robles, el jueves. Dicen que se hablaban al oído, inclinándose uno sobre el otro. Emilio tenía la mano derecha sobre la clavícula de Misael en un gesto extraño: él nunca tocaba a los empleados ni se dejaba tocar por ellos, salvo que fueran actrices y tuvieran pico de pato. Eso es lo que Laura escuchó: el jueves Emilio tocaba al mecánico chato, se secreteaba con el mecánico del avión de la televisora; el viernes se caía de un caballo y se disculpaba de asistir a la fiesta en Acapulco en honor de los directivos de la NBC.

El avión despegó sin Emilio, pero sí con el marido de Laura, Fernando Diez Barroso, director de finanzas de Telesistema Mexicano, seguro heredero del emporio televisivo. El avión despegó sin Emilio, pero sí con Rómulo O’Farrill Ávila, director, a sus 23 años, de Prensa y Publicidad de Telesistema Mexicano. El avión despegó con el matrimonio MacKenzie, Donald y Marcia, y Hubbard Gayles, asesor de la NBC. El avión despegó sin Emilio, y de pronto, mientras ganaba altura, se desplomó sobre el lodo del lago de Texcoco, apenas a cinco kilómetros del hangar del aeropuerto de la ciudad de México. Falló el motor derecho. Simplemente se quemó, apenas despegar. El avión, con la matrícula XB-PEX, derrapó sobre el lago y se le peló el fuselaje de la panza, desde la cabina hasta la cola. El esposo de Laura, el seguro heredero de la televisora, murió ahogado en el lodo. También la señora MacKenzie. También Rómulo O’Farrill III. Ni un rasguño sufrieron el capitán, Alberto Zárate, ni el copiloto, José Mendecoa. En eso pensaba Laura mientras veía la puerta cerrándose con el presidente Echeverría, su hermano Emilio, y los descendientes de los Garza Sada y los O’Farrill adentro. Pensaba en otro velorio, el de su esposo, apenas a unas cuadras de éste, en Avenida Reforma 1830, la noche del sábado 13 de noviembre de 1965. Debido a los rumores, Laura comenzó a ver a su hermano chico, Emilio, con desconfianza. Un día de 1966 Laura hubiera querido una charla con su hermano, largamente imaginada:

—¿Por qué no te subiste en el avión en el que murió mi Fernando? Ahogado en lodo, Emilio. En barro.

—Será porque era Diez “Barroso” —se burlaría Emilio.

—Te vi hablando con el piloto.

—Hablamos de futbol. ¿De qué otra cosa?

—Qué casualidad que te caíste un día antes del caballo.

—Mira, desde entonces no puedo apoyar bien la pierna derecha. Yo pagué ese día. Fernando, Rómulo y el gringo pagaron al día siguiente. Así es la vida. En todo caso, tú fuiste la beneficiaria: te quedaste con sus acciones. Y tú tampoco ibas en ese avión, hermanita.

Lo cierto es que con la muerte de Fernando Diez Barroso el padre empezó a ver a su hijo, al Príncipe idiota, no como fácil heredero, sino como alguien que era capaz de todo para serlo. Eso no hizo más que aumentar la tensión familiar. Resultó que Nadine Jean le dio el único nieto varón. El abuelo se negó a ir al bautizo. Llegó, en cambio, Guillermo Cañedo, el del futbol, el del Estadio Azteca.

—No te necesito —le dijo Emilio a su padre cuando éste le preguntó por el nieto.

Y a ojos de Laura su hermanito Emilio se había endurecido, mordido por una fe en su propia omnipotencia, atribuible sólo a sus lazos con los poderosos. Apenas seis meses después del accidente del avión, el presidente Díaz Ordaz lo había nombrado “asesor en radio y televisión” y, tras la matanza del 2 de octubre de 1968, Emilio presumía una caja fuerte en su despacho:

—Aquí están los “güevos” del presidente —y sonreía satisfecho.

La leyenda creada por él mismo contaba que en esa bóveda se guardaban las filmaciones en 16 milímetros de lo sucedido en la matanza de estudiantes en Tlatelolco. Como en cientos de sucesos, los reporteros de Televisa hacían su trabajo, pero sus notas no eran transmitidas sino almacenadas en aquella bóveda de los chantajes.

Las relaciones con Díaz Ordaz y Echeverría le servían a Emilio para fortalecerse dentro de la empresa de su padre. Sobre todo cuando se trataba de proyectos que no tenían su respaldo. Por ejemplo, la inauguración del Estadio Azteca, construcción que casi le cuesta la camisa a Telesistema Mexicano y que enemistó a los cerveceros Garza Sada de Monterrey con los Azcárraga. Ahí, a la inauguración del Estadio Azteca, el 29 de mayo de 1966, Emilio y el presidente Gustavo Díaz Ordaz fueron recibidos con rechiflas porque habían llegado con dos horas de retraso. El noticiero de la televisión celebró el inicio del Estadio Azteca —empate a dos entre el América y el Torino—, y jamás dijo que eso había estado a punto de convertirse en un motín de aficionados al futbol del que los poderosos, los que nada sabían de ese deporte de pobres, escaparon en helicóptero.

Lo que se veía en pantalla era un noticiero nuevo, 24 Horas, cuyo conductor, Jacobo Zabludovsky, llevaba unos enormes audífonos en la cabeza y tenía un teléfono rojo al lado. Por el teléfono podían hablarle el presidente de la República o el entonces secretario de Gobernación, Luis Echeverría. Por los audífonos, los dos Emilios. Las cuatro fuerzas casi siempre estaban del mismo lado, pero mantenían en jaque al conductor. De haber estado algún día en desacuerdo, ¿a cuál hubiera obedecido el lector de noticias?

Nunca había sido el dinero lo que movía a su hermano Emilio. Eran las mujeres, los viajes. Pero a partir del accidente era el poder. Un día, por ejemplo, iba a visitar a Madrid a los dueños de la revista Teleguía, los hermanos Carlos y Rafael Martínez Amador. Entre calamares y vino (Emilio era más de hamburguesas y sundaes de chocolate), les ofreció:

—Lo que quieran por su revista de televisión.

—No está a la venta. Es nuestra y seguirá así por mucho tiempo —respondió Carlos Amador sirviéndose más de la botella de Rioja.

Y al mes siguiente los hermanos Amador estaban al teléfono con el secretario de Gobernación de Echeverría, Mario Moya Palencia, quien controlaba el papel para hacer periódicos y revistas en todo México:

—Usted nos quitó el papel, licenciado. No se vale.

—No fui yo. Arréglense con Emilio.

Y los Amador acabaron vendiendo Teleguía por menos de la mitad de lo que Emilio había ofrecido.

Así que Laura miró la puerta cerrarse detrás del presidente Echeverría, con Rómulo O’Farrill, que había perdido a su hijo en el accidente aéreo, y Bernardo Garza Sada en representación de los cerveceros de Monterrey enojados por la falta de pagos en el asunto del Estadio Azteca. Sin que Laura lo pudiera ver, adentro de la sala de televisión, al lado de la habitación del féretro, al lado del velorio con los rezos y los llantos de María Félix y Cantinflas, al lado del cadáver del padre, Emilio repartió los mandos de la televisora:

—A usted, don Luis —se dirigió al presidente Echeverría—, le dejo el control de los noticieros. A nosotros nos interesa entretener, no angustiar.

El presidente Echeverría había definido unos meses antes su idea de los medios de comunicación mexicanos así: “Quiero tratar con una sola televisora, no con dos, ni con tres. Arreglen sus desacuerdos y tendremos un acuerdo. Lo cuerdo es el acuerdo”. Se creía un hombre de frases célebres.

—A ustedes —les dijo Emilio a los Garza Sada— les dejo todo lo que suceda en los foros de San Ángel, las telenovelas, que se les dan tan bien los regiomontanos —eran los estudios de Canal 8, antes usados por Jorge Stahl en el revelado de películas de cine.

Esa noche, al lado del cadáver de su padre, Emilio le dejó a O’Farrill la presidencia del Consejo y él se quedó con las acciones y la presidencia de lo que, a partir de ese día, sería el monopolio de la televisión mexicana.

—¿Cómo nos vamos a llamar? —preguntó O’Farrill.

—Televisión Vía Satélite —respondió Emilio, un fanático de los viajes al espacio, los extraterrestres, las estrellas.

—¿Tele-Vía-Sate? —escribió el presidente Echeverría en la servilleta que había debajo de su vaso con agua.

Sin que Laura, viuda de Diez Barroso, lo supiera, ahí adentro, ese 23 de septiembre de 1972 se fundó Televisa.

De eso se acordaba Emilio, más de 20 años después, con un cáncer imbatible, tapándose la nariz de los olores persistentes de los peregrinos en la Basílica de Guadalupe, aquella madrugada de 1996. Emilio cerró los ojos.

—¿Algo de lo que pedir perdón, Tigre? —le preguntó el arzobispo Norberto Rivera.

—No lo necesito —le respondió Emilio.

No había que pedir perdón ni por el accidente del avión, el XB-PEX, ni por negociar en el funeral de su padre la creación de Televisa, ni por su hermana Laura, ni por tantas ex mujeres a las que había lastimado. Abrió los ojos. Vio la imagen de la Virgen. Escuchó la voz de Lucero: “Son tus ojos dos luceros”. Vio a la muchedumbre hedionda pasar delante de la imagen guadalupana persignándose. Al arzobispo maquillándose para salir en las pantallas para dictar la homilía. Y se miró las manos llenas de pecas —flores de panteón, las llamaban— y temblorosas. Había resuelto su duda: de la propia vida nunca hay que pedir perdón.
* * *

Raúl Velasco, el conductor del programa kilométrico de los domingos, ha ido por órdenes de Emilio Azcárraga Milmo:

—Me vale madres si crees o no en la Virgen. No se trata de tus mariconadas de vestirte de blanco y meditar en “flor de elote”. Ésta es una emergencia nacional. No podemos permitir que el senil de Schulenburg se burle de nosotros. La Basílica es Televisa, como lo es el Estadio Azteca. Raúl, vas porque vas. Si Juan Diego no existió, habría que inventarlo.

Velasco no cree en la Virgen de Guadalupe, sino en Carmelo García Morales, del Valle de Santiago en Guanajuato. Él y la ex amante de Azcárraga, Lucía Méndez —los dos son guanajuatenses—, han visto cómo las vibraciones de sus cuerpos hacen crecer betabeles gigantes que pesan 20, 25 kilos. Raúl cree en Sasi Vellupillai, que, a pesar del nombre, no es una crema depiladora, sino el director del Human Potential Development en Hawái, quien con sólo tocarle la muñeca al cantante español Julio Iglesias lo curó del cáncer. El mismo Raúl Velasco, en 1980, se salvó de un infarto que le había sido anunciado por una adivinadora de cartas en un hotel. La misma que le había anunciado que se iba a casar por segunda vez. Velasco no es de milagros que tardan trescientos años en realizarse. Es del aquí y del ahora, como cada domingo en su programa de televisión. Para él, ya todo es un milagro instantáneo que sucede con la energía de su cuerpo. Los indios kikapús de Coahuila le pusieron un penacho, le regalaron el bastón de mando y lo nombraron Gran Jefe. Reconocieron en él no al conductor de un programa de televisión, sino a un ser extraordinario, su energía, su capacidad de generar salvación. No, Velasco no cree en la Virgen. Cree en él mismo. Hace y deshace estrellas de la televisión con sólo un toque, un gesto o un comentario:

—Tú no triunfarás porque eres muy naco —le dijo una vez a un cantante, Joan Sebastian—. Tú la verdad eres demasiado vulgar —siguió con la vedette Laura León—. ¿Quién quiere un payaso hippie? —el payaso Cepillín—. Juan Gabriel será famoso sólo entre los maricones. Este país es de hombres.

Velasco cree que todos sus cantantes deberían ser la aspiración fenotípica de una raza demeritada por el mestizaje:

—Por favor: rubias, delgadas, con la piel perfecta. Si son castañas, con los ojos claros. Y con cintura, hermanos. Para ver prietas gordas, no necesitan prender la tele. Sólo salgan a la calle. O vean las filas de las que quieren entrar a mi programa.

Dentro de la Basílica le toca en la fila de los conductores de programas cómicos, de concursos, de noticieros. La acomodadora le sonríe una vez que lo sienta. Es una chica morena con algo de acné. Le recuerda a alguien cuyo solo recuerdo siempre lo hace ruborizarse y sudar. Han pasado muchos años desde el episodio, pero todavía siente un escalofrío que le sube por las vértebras. Muchas veces trató de buscarla y saber qué había sido de su vida, pero jamás la encontró. Se esfumó como tantas otras. Un fantasma más.
[…]

Los sueños de las niñas no eran ya tener agua o comida, ni estudiar, sino aparecer en la televisión. Cantaban en sus casas usando la manguera como micrófono y copiaban los bamboleos de Rocío Durcal, agotaban los tintes rubios para el cabello, sabiendo que, por decisión de los directivos de la televisión, la única morena a cuadro era la Virgen de Guadalupe. Raúl veía sus faldas, sus calcetas, sus zapatos lodosos de hebilla, y volteaba la mirada. Pero no con Ivonne, que se salió de la fila con los brazos abiertos:

—Padrino —lo abrazó.

Raúl la sintió tibia contra su cuerpo; su aliento a encierro, a silencio, a desierto, en su oreja. Su olor a sudor y ropa sucia de un largo viaje en camión.

—Yo no soy tu padrino. ¿Desde dónde vienes?

—De Nogales, padrino.

—¿Y qué haces? ¿Cantas, actúas, dices chistes?

—Lo que usted me diga, padrino. Soy una estrella de la televisión. Raúl la alejó y se rió.

—Ah, qué caray.

Ivonne lo miró directo a los ojos y le dijo muy seria:

—Ay, padrino, nunca pensé que mi futuro llegara riéndose.

Ivonne-de-Nogales tenía 14 años en 1982, pero parecía de 20. En sus memorias, Raúl la recuerda de 12. Sin padres, vivía con su abuela, que la había sacado de la primaria por falta de dinero: llevaba a la escuela hojas de papel de estraza engrapadas en forma de cuaderno. Así que entró a trabajar como sirvienta en una casa que tenía dos objetos desconocidos: un teléfono y una televisión. La primera vez que oyó sonar una llamada corrió a esconderse. Luego, ya segura de que el aparato no hacía daño, aprendió que no tenía que gritar para que se escuchara muy lejos. Con la televisión tuvo su primer romance: veía la telenovela Mundo de Juguete (una niña de un internado de monjas mantenía una amistad secreta con una anciana a la que le decía “abuela”) y supo qué eran los besos. Al principio sintió vergüenza, pero practicó en la palma de su mano, que quedaba toda ensalivada mientras ella cerraba los ojos. De esos placeres decidió que sería una estrella de la televisión, que conocería a un galán como Ricardo Blume o Pedro Damián y se besarían todo el día. En el jardín, barriendo los enredos de espinas que surcaban el desierto hasta la casa de su patrona, Ivonne-de-Nogales hablaba sola. Su día de descanso era el domingo, por lo que no fue en la televisión donde oyó por primera vez de Raúl Velasco. Según ella misma relató a la policía, fue en un cartel pegado en un poste de la avenida Ver Patria en el que leyó: “Si tienes entre seis y 15 años, ven a concursar en los nuevos valores de Bacardí, con el licenciado Raúl Velasco”. Iba con una amiga, Adriana Corona, y le dijo:

—Vamos, loquilla, a lo mejor la péganos [sic] a la televisiór [sic]. Mira: este señor se ve muy gente, tú.

Ivonne habló con su abuela y ésta le dio 20 pesos para que se pagara el viaje desde la frontera con Arizona hasta la ciudad de México. Le dio la bendición, sabiendo que se deshacía de una carga que le había dejado su hija, y cerró los ojos como cuando se miente:

—Que logres todos tus sueños, m’hija.
[…]

Esa tarde, en el consultorio de Gregorio Valner, su psicoanalista, Raúl se torcía las manos con ansiedad. Era hasta que salía de la terapia que empezaba a tomarse los Equaniles con vodka. El vodka era la bebida de Televisa por dos razones. La de siempre: no olía. Y la peculiar: era el trago preferido del jefe Emilio Azcárraga. El vodka se usaba por la boca, inyectado, en supositorio. En ese año, 1982, las telenovelas, los concursos, los “programas de chistes” se hacían entre mezclas de la Stolishnaya de Rusia y la cocaína que entraba por Puerto Vallarta directo desde Colombia. Los que salían “a cuadro” estaban casi siempre en un balance entre ambas. “Ajustarse” era el término para bajar el alcohol con cocaína y estabilizarse con coñac. Los camarógrafos, los de las luces, los cables, el del máster, sólo usaban café balanceado con el trance de mal comer. Pero la conducción del programa de los domingos Raúl Velasco la seguía haciendo como cuando trabajaba haciendo notas de Cantinflas para la revista Cine Mundial: una mezcla de pastillas de benzedrina para estar alerta y de Equanil para relajarse. Esa tarde del 13 de julio de 1982, Raúl ya no estaba compensado, acostado en un diván en Naucalpan, preocupado por los cuentos de hadas, su infancia en Guanajuato, sus padres.

—¿Qué pasó hoy, Raúl? —le preguntó el terapeuta.

A Raúl Velasco se le empalmaron dos imágenes: los pechos de Ivonne, perfectos en cada mano, cayendo apenas, y la cara de la Virgen de Guadalupe. La Basílica nueva de la virgencita estaba siendo construida por Televisa, por el mismo arquitecto, Pedro Ramírez Vázquez, que había hecho el Estadio Azteca y el logotipo de la estación. El jefe Azcárraga había dado órdenes de que en Siempre en Domingo y en el noticiero 24 Horas se promoviera la venta de los “bonos guadalupanos”, so pena de castigo si no cumplían con unas cuotas previamente establecidas por la dirección de finanzas. La obra del ahora traidor obispo Guillermo Schulenburg llevaba ya más del doble de los 10 millones anunciados por el arquitecto, el mismo a quien el Estadio Azteca se le había triplicado en costos. El logo de Televisa lo había diseñado como un mundo con interferencia, un ojo pasado por las cuchillas de un rayador de cebollas.

A pesar de que lo anunciaba cada domingo, su programa no había vendido ni un “bono guadalupano”. En el diván del psicoanálisis, Raúl vio el rostro de la Virgen empalmado en el cuerpo de Ivonne. Estaba presionado por ambas cosas: tener que vender “criptas de preventa” en la Basílica de Guadalupe y haber permitido que Ivonne-de-Nogales entrara en su vida como una amante: en un cuarto de hotel pagado por Televisa. No pudo contar ninguno de los dos problemas que lo asfixiaban esa tarde. Sólo dijo:

—Quiero tocarle los pechos a una virgen indígena.

En la página 121 de su autobiografía, Mi rostro oculto, Raúl Velasco relató así esa tarde: “Consulté con mi amigo, el doctor Valner, y su recomendación fue contundente:

“—No se te vaya a ocurrir meterte con una adolescente, porque esa edad es la más difícil, y hasta puedes meterte en un lío judicial.”

Cuando Ivonne entró en el Hotel Avión de La Merced no entendió por qué las mujeres hacían fila en la banqueta. Pensó, con cierto regocijo, que en México (así llamaban a la ciudad los que venían del interior) todo mundo vivía haciendo colas. Tampoco entendió cuando pasó un letrero hecho a mano que decía: “25 centavos la noche. No rentamos por hora”. Al primer gemido en el cuarto de al lado se estremeció. Sin saber por qué, ese lamento, ese rechinido de resortes, ese pegar de madera en la pared le dieron miedo. Pero unos minutos después, el cansancio de los casi 1 800 kilómetros entre Nogales y “México” y el mariposeo de haber entrado a la televisión le compensaron el ánimo. El claqueteo de junto, como de chanclas de plástico contra un piso recién lavado, la arrulló.

Raúl Velasco salió de la terapia con taquicardia. Sin agua, se tragó dos Equaniles y le pidió al chofer que lo llevara a Rubén Darío, su casa en Polanco. Se miró en el reflejo de los vidrios polarizados de su Impala. ¿Qué le había atraído de Ivonne-de-Nogales? ¿Y qué podría verle a él, de 39 años, una niña de 14? Catorce. ¿O 12? Tocarla sería un delito. Besarla, quizá no. Pero ¿podría besarla sin tocarla? A la virgen morena no se le tocaba, sólo se le rezaba. Ella, con sus manos juntas, jamás miraba sino a un lado, con los ojos muertos, soñolientos, del desdén; mientras que la mirada refulgente de Ivonne-de-Nogales lo retaba. ¿A qué lo incitaba? El efecto del Equanil le calmó el temblor de las manos. Quizás a cumplir con la leyenda que él mismo se había inventado, según la cual, de una familia pobre, sin carisma, ni un talento especial, había alcanzado el prime-time de los domingos en la televisión. La autoficción que se había creado era el mensaje: cualquiera puede salir en la pantalla. Y tenías a las cientos de niñas que venían a las puertas del castillo a solicitar audiencia con el rey de la nimiedad. ¿O acaso el mensaje que había dado desde sus primeras apariciones en Canal 8, antes de Televisa, venía ahora a atormentarlo? Lo perseguía una cómica que se disfrazaba como las indias que pedían limosna, la India María, de San José de Los Burros. Una cómica a la que había conocido en el Teatro Blanquita y que se disfrazaba de indígena mazahua, tal como lo hacía la esposa del presidente de la República, Luis Echeverría. La cómica estaba casada con un ruso; pero, a cuadro, esta India María trataba siempre de seducirlo, al güero, al rubio, al adinerado, al poderoso, al que compra. Ése era él para millones de mexicanos, el güero que se resistía a los embates eróticos de las indias, y ahora las filas para solicitar una audición eran de puras criadas. Quizás estaba pagando eso, pero Ivonne era una mujer espigada, como india yaqui del desierto, con los ojos negros del vacío a ambos lados del cráneo, como los venados. Nada que ver con la cómica de 34 años que lo perseguía por los pasillos del auditorio repleto de gente sin dientes, mal peinada, mal vestida, que iba a ver a sus cantantes de moda los domingos. Catorce años. ¿O 12? Sería un delito. Pero, claro, él era Raúl Velasco. Era rubio. Nunca había sido pobre. Su primer trabajo había sido en la refinería de Salamanca, Guanajuato, porque su hermano mayor, Daniel, era el tesorero del gobierno del estado; hasta que el 2 de enero de 1946, el gobernador Ernesto Hidalgo ordenó la matanza de unos opositores en León y fue tal la masacre que tuvo que pedir licencia. Como Ivonne con el tema del “padrino”, Raúl también había usado la idea de que la esposa del presidente Alemán, Beatriz Velasco, era “sobrina” de su padre. Al menos eso decía y le había funcionado. Su padre: cuando él tenía 15, ya se le hundían sus 75 años en un bastón que lo sostenía. Pero el “Velasco” había funcionado. Acaso por eso le daba tanta curiosidad Ivonne-de-Nogales: porque era un poco como él, tratando de trepar como fuera hacia una cima. Y ésa era la pantalla de televisión. Salir a cuadro. Hacer y deshacer en vivo. Esa euforia. Esa angustia.

Los Equaniles se asentaron. El chofer abrió la puerta de su casa en Polanco. Dolly —su esposa era una alemana casi albina, Dorle Klokow— no estaba a la vista. La perra bóxer lo saludó con un salto a la entrepierna.

—¿Quién la quiere, Candy?

La acarició, sonriéndole. La perra no sabía que ese día su dueño tenía a una menor de edad en el Hotel Avión de La Merced y una vida en juego con una alemana rubia en la colonia Polanco. La idea no le asustó ni a él ni a la perra. Se sirvió un vodka y pensó en traer a Ivonne como sirvienta de la casa. Tenerla cerca, a la vista, como sólo se puede tener a la Virgen de Guadalupe: sólo cuando la ves, existe.

Delante del comedor con su carpetitas hechas a gancho para que los fruteros de plata no rayaran la caoba, Raúl reflexionó un instante en por qué existían las Ivonnes-de-Nogales que se agolpaban como hordas de bárbaras a las afueras del castillo de la modernidad, la televisión. Los domingos no había otro programa que ver más que el suyo: las amas de casa planchaban viéndolo; los padres de familia, con el aturdimiento de las cervezas de la comida, cabeceaban viéndolo casi en transparencias; los niños por todo el país atendían a cada canción pegajosa, a sus chistes mal contados, a los errores disfrazados de frescura. Raúl Velasco había emprendido una gira, al estilo de una campaña electoral, por todo el país, en busca del folclor del campo, de las artesanías, de “lo mágico de México”. Era un programa que pagaban los gobiernos de los estados para promover el turismo. Como casi todo en Televisa, salía gratis. Y había conocido a muchas niñas al alcance de su mano, que le coqueteaban debajo de los rebozos, que mordían y pasaban la lengua sobre sus collares de crucifijo, que agitaban sus pestañas como alas de colibrí. Raúl lo sabía: él era “el güero” que hacía la broma de dejarse seducir por un personaje que él mismo había inventado en la televisión, en Canal 8, antes de la fusión del monopolio de Televisa: la India María. Caricatura de las mujeres indígenas, de su forma de hablar y vestir, de su resignación, la India María había impactado a las niñas que le coqueteaban a Raúl cuando visitaba los estados de la República Mexicana. Él había provocado esas reacciones de deseo hacia un hombre que se veía a sí mismo como un “calvito con lentes al que le tiembla la voz”, pero que en los pueblos de México era “el güerito”. Esa idea le daba vueltas y vueltas en la cabeza, y cuando quería pensar en otra cosa le volvía como una mosca contra una ventana. El Equanil y el vodka lo ponían así de reiterativo. Daba vueltas y más vueltas. Imposible salirse del aro hasta quedarse dormido.

Raúl pensó obsesivamente en Ivonne-de-Nogales. Podría llevarla a su casa como criada ahora que era su “padrino” y, de vez en cuando, tomarla por detrás en su cuarto de la azotea. Ofrecerle algún lugar, de vez en cuando, en la televisión: atrás, de relleno, moviendo la boca sin que se escuchara parlamento alguno, sin su acento norteño de analfabeta, sólo con sus tetas y su cintura de florero. Su mujer alemana, Dorle, no tenía por qué enterarse. Después de todo, su matrimonio estaba sellado por las estrellas. En 1970, Ananka, una adivinadora del Tarot en el lobby de Hotel Fiesta Americana había interpretado un arcano mayor, La Sacerdotisa, así:

—Conocerás a un regalo de Dios.

Y dos años después, en un coctel de los periodistas de cine en Monterrey, conocería a su alemana, a Dorle, cuyo nombre quería decir justo eso: “regalo de Dios”. Al menos eso le dijo ella. Y había llevado a los tres hijos de su primer matrimonio con Hortensia Ruiz a vivir con la alemana, con la que tendría otros dos hijos. Ahora traería a una criada-amante a rellenar una familia hecha, de por sí, de pedacería.
[…]

Aurelio Pérez, el encargado de atender el trato de Televisa con el Ejército y la Iglesia católica, sale a encararlas. Escucha a la dirigente, Rosario Ibarra de Piedra, hablar de los cientos de hijos, hermanos, amigos desaparecidos. Él se peina con la mano zurda y dice:

—¿Para qué se hacen pendejas? Sus desaparecidos están ya muertos. Vayan a los panteones a encontrarlos. A nosotros qué chingados nos dicen.

Mientras camina por el pasillo hacia la oficina de Jacobo Zabludovsky, director de los noticieros de Televisa, Pérez sabe que ha cumplido. Desde 1969, el presidente Díaz Ordaz inauguró la idea de un noticiero de televisión que fuera vocero de las oficinas de gobierno. Primero con el nombre de Nescafé, el patrocinador que pulverizaba en polvo instantáneo los granos hongueados que no podían comercializarse, y luego como 24 Horas, las noticias eran las del presidente. La noche del 2 de octubre de 1968 Televisa requisó todos los metros de película en 16mm que sus reporteros tomaron de la matanza de estudiantes y los enlató. Y Emilio Azcárraga Milmo presumía de tenerlos en su caja fuerte. Díaz Ordaz dispuso de un hombre inamovible que decía las noticias: Jacobo Zabludovsky. Era la encarnación del Sistema: una esfinge sin profecía, un locutor que leía limpiamente los boletines del Señor Presidente cada noche, sin mover siquiera la boca. Un muñeco de ventrílocuo con un teléfono rojo en el escritorio con una única línea para el secretario de Gobernación y el presidente en turno, y unos enormes audífonos con los que no se comunicaba con el floor manager —el “apuntador”, discreto dentro del oído, se había inventado en Televisa desde 1950—, sino con el Tigre Azcárraga. El 7 de octubre de 1978 el propio Emilio Azcárraga había sido nombrado “jefe de imagen” de las actividades del presidente López Portillo. El antecesor, Luis Echeverría, tenía en ese mismo puesto al socio y amigo de parrandas del Tigre, Miguel Alemán Velasco. López Portillo tendría como jefe de comunicación a Pedro Ramírez Vázquez, el arquitecto del Estadio Azteca y la Nueva Basílica de Guadalupe. En radio y televisión nombraría a Jaime Almeida, el supuesto experto en música mexicana de la televisora. Los noticieros de Televisa eran una invención de la presidencia del Partido. Eran lo mismo: un batidillo entre transmitir y ejercer el poder.

Así que Pérez sintió que había cumplido con su deber al insultar a las madres de los desaparecidos políticos a las puertas de Televisa. Pendejas. ¿A poco creían que sus hijos estaban vivos? ¿Y qué tenía que ver Televisa con eso? Si los desaparecieron, es porque algo malo andaban haciendo.

—Ya estuvo, Jacobo —le dijo Pérez a Zabludovsky cuando entró a su oficina.

—¿Se fueron?

—Nunca se van —respondió Pérez—. Son como los fantasmas: ahí estarán, aunque no existan.

Los fantasmas se le aparecían a Pérez. Los sintió llegar en una reunión en Chapultepec 18 en enero de 1985, ocho meses antes de que, con un terremoto, muriera gente aplastada por la antena de transmisión de la televisora. Los responsables de los noticieros: Zabludovsky, Guillermo Ochoa y Lolita Ayala, y los del entretenimiento: Raúl Velasco y Paco Stanley, esperaron durante dos horas la llegada del jefe Miguel Alemán Velasco. Éste entró pasado el mediodía acompañado del jefe de prensa del Partido, Juan Saldaña. Alemán no tuvo problemas para asegurar:

—Esta empresa es priísta. Si hay alguno de ustedes que no sea del PRI, que lo diga ahora y salga para jamás, óiganme: ja-más volverá a trabajar en la te-le-vi-sión.

La reunión en Televisa era para apoyar a los candidatos del Partido en Nuevo León, Chihuahua, Sonora y Guanajuato, donde crecía la oposición de derechas.

—Saturen todo: que no quede un segundo para la oposición. Ésos ya cuentan con los tiempos oficiales, pero de nosotros no tendrán ni un segundo —indicó Alemán Jr.

Y entonces les avisó que el coordinador de la campaña electoral del Partido en Nuevo León sería uno de los reporteros de Televisa, Félix Cortés Camarillo. A Pérez no le sonó mal. Después de todo, cuando Televisa se había fundado —en el funeral de Azcárraga Vidaurreta— se había decidido dejarle los noticieros a quien tuviera la presidencia de México. Era una oficina de prensa del Partido, sólo que con un gran alcance, que se iba haciendo de concesiones, repetidoras y muchas exenciones de impuestos. El acuerdo fluía —o eso creía Pérez en 1986— entre Televisa y el Partido: informo lo que tú me digas y, a cambio, me regalas las microondas, los usos del satélite, los impuestos. El apoyo siempre renovado de Miguel Alemán Velasco al presidente en turno no fue excepción con Miguel de la Madrid. Tampoco lo eran los fantasmas que no aparecían a cuadro: las madres enlutadas por sus hijos desaparecidos, los votantes que no contaban en los recuentos electorales, las opiniones que no aparecían en el noticiero que leía Zabludovsky, parcamente, cada noche.

Así había sido siempre. Pérez salió de la reunión en uno de los foros de Televisa y pensó en la primera vez que se transmitió un noticiero por televisión en México. Él había estado ahí. Ahora tenía 61 años y era el encargado de lidiar con las relaciones entre Televisa y la Iglesia católica. Entre Televisa y el Ejército. Entre Televisa y la Virgen de Guadalupe. Entre Televisa y el siempre inofensivo fantasma del golpe de Estado. Protegerlos era su trabajo. Católico recalcitrante, Pérez había ideado la cobertura en vivo de la visita del papa en 1979: de las lúcidas mentes de Televisa habían salido las millones de banderas amarillas y blancas con el escudo del poder del Vaticano. Pero también había estado en el primer noticiero. Encendió un cigarro y se quedó viendo una oruga peluda que se arrastraba, con parsimonia, por el pasillo de la Basílica Guadalupana.

Se deslizaba entre los peregrinos. “Quién sabe. Los designios de Dios son inescrutables”, pensó Pérez y caló su cigarro Raleigh sin filtro. El primer noticiero fue a las seis de la tarde del 26 de julio de 1950, en el piso 13 del edificio de la Lotería Nacional. Era el Canal 4, propiedad de los O’Farrill, que aguantarían 20 años inde- pendientes sólo para doblegarse cuando el presidente Echeverría los fusionara con la televisora de los Azcárraga. En el tiempo de esa primera transmisión, sólo había cuatro aparatos de televisión en el país: en la oficina del presidente Alemán, en la de su secretario de Comunicaciones y Transportes, en la agencia de autos de los O’Farrill —el dueño, Rómulo, había perdido un pie, atropellado por una motocicleta mientras trataba de cambiarle una llanta a su Packard— y en el piso 17 de la misma Lotería, desde donde el hijo del presidente Alemán editaba su revista Voz. Todo estaba listo para la primera transmisión, pero dos técnicos, Miranda, el de los cables, y Luyando, el de la cámara, se estaban peleando. Se empujaban, se metían el pie, se nalgueaban. Harto de las bromas, Miranda le hace el gesto del dedo medio a la cámara. Y es justo cuando están entrando al aire. Así que, pensó Pérez, los noticieros de televisión empezaron con un dedo obsceno hacia el auditorio. Tomen, ahí está su información. Tengan su libertad de expresión. Si la televisión mexicana pudiera, en vez de noticiero sólo proyectaría el gesto obsceno del dedo medio de Miranda, fuerte, bien apretado, moviéndose en señal de advertencia. Claro, también recordó: a Miranda lo corrieron de la televisora con una advertencia:

—Rómulo O’Farrill dice que si te encuentra va a matarte.

¿Qué se habrían hecho Luyando y Miranda? Desaparecidos. Para Pérez eso era sinónimo de muertos, de inexistentes. Lo que no sale a cuadro nunca existe.

El dedo medio era la norma en los noticieros y el huir después también. Eso lo supo Pérez cuando el candidato de Televisa en Chihuahua, el del Partido, Fernando Baeza, tuvo que hacer un fraude electoral en 1986 para ganar la gubernatura. Votaron por él cientos de miles de muertos. La oposición en Chihuahua tomó los puentes internacionales hacia Estados Unidos, su candidato empezó una huelga de hambre y llamó a anular la elección. Todos los días llegaban reportes e imágenes del motín en Chihuahua, pero Televisa ya tenía un Partido, así que optaron por no decir nada, ni una línea sobre el asunto. Las protestas se veían en la oficina de Zabludovsky como si fueran películas pornográficas: se repartían palomitas de maíz, bebidas, se aplaudían los discursos y las rebeliones de ciudadanos tirándose al piso para que la policía tuviera que cargar pesos muertos, y se decidía no pasarlas al aire.

—¿Para qué? Quien se opone al Partido es, de entrada, un antipatriota: imagínense la oposición gobernando en un estado fronterizo. El fraude se hizo para defendernos de los gringos —sostenía Zabludovsky desde la comodidad de sus trajes negros y su cara impasible.

Pérez pensaba en los mártires católicos, pero no respondía nada. Ninguna crítica. Ninguna broma para aligerar el comentario. Televisa era acatar y resignarse. Los reporteros hacían sus notas de las protestas en las calles y se aguantaban cuando nunca eran transmitidas. Las actrices y los actores sabían que si participaban en una película de otra empresa que no fuera Televisa, entraban a una lista negra que los sacaba para siempre de la televisión. Eran los desaparecidos del aire, los fantasmas obligados a mendigar papeles de reparto en las televisoras de Miami, Italia, Argentina. Hasta la amante de Azcárraga, la grácil Lucía Méndez, habría de padecer ese desvanecimiento, esa evaporación. Sus ojos siempre abismados lo decían todo: vivía en la nube por estar con el dueño de la televisora. Un día dejaría de serlo y desaparecería por años. Como los desaparecidos políticos, también los ex trabajadores de Televisa eran sólo nombres en una lista.

Pero ese mediodía de 1986, Pérez no alcanzó a vislumbrar que Televisa y el Partido estaban en un aprieto. Jamás esperó que la oposición de derechas ganara la elección en Chihuahua y que el Partido se viera obligado a hacer votar a los muertos. Tampoco alcanzó a atisbar que derecha e izquierda se juntaran: curas, empresarios y mineros que se manifestaban por las calles y en los puentes internacionales con Estados Unidos. El candidato de la derecha, Pancho Barrio, exigía la anulación de la elección con una huelga de hambre dentro de una tienda de campaña mientras hablaba con Dios. El líder moral de los católicos, Luis H. Álvarez, compartía micrófono con Heberto Castillo, el dirigente de los maestros universitarios en 1968.

—¿Qué hace la izquierda junto a la derecha en el norte? —preguntó Zabludovsky una mañana de julio de 1986—. Eso no existe. No es posible.

Lo imposible no es televisable.

—¿Quién se hubiera imaginado que los comunistas se iban a aliar con los conservadores, sólo para sacar al PRI? —reflexionó, casi sorprendido, Pérez.

—Son unos degenerados —completó Zabludovsky.

Y el movimiento en Chihuahua se fue contra esa televisora que no quería problemas, que sólo buscaba que las cosas se mantuvieran igual para siempre. Los dirigentes conservadores, los de izquierda y hasta los mineros en huelga llamaron a un bloqueo a Televisa: “Apaga la televisión porque no dice la verdad”, “Televisa Miente”, “No compres Ron Bacardí porque sostiene la Mentira”. A sus 61 años, Pérez no lo entendió.

—El boicot de Chihuahua no nos perjudica. No perdemos una gran audiencia, señor —le dijo Pérez a Emilio Azcárraga.

—El pedo no es la audiencia, Pérez —subió la voz el dueño de Televisa—. Es el papelón que estamos haciendo en Estados Unidos. Y era cierto. A las ocho de la noche el noticiero de un tal Gustavo Godoy desde Miami cubría las manifestaciones en Chihuahua y, tres horas más tarde, Zabludovsky, repetido vía satélite para la comunidad hispana en Estados Unidos, hablaba del clima, de toros, y leía un boletín del presidente de la República: el ganador en Chihuahua ya formaba gabinete, llamaba a la “reconciliación de los mexicanos”, ignoraba que la protesta tenía tomadas las calles y los puentes internacionales.

—Ese Godoy es nuestro —gritó Azcárraga dando vueltas a donde estaba, hasta el terremoto, la silla de los castigos—. Nosotros somos dueños de su pinche televisora de Miami. No puede decir lo que se le salga del forro de los huevos.

Pérez vio desde lejos la aventura de ir a acallar a la televisora de Miami, la Spanish Internacional Network. Se quedó tamborileando los dedos en el escritorio, pensando que a Emilio Azcárraga las cosas le estaban saliendo mal: unas semanas antes, su médico, el doctor Borja, le había diagnosticado un melanoma en la pierna derecha, la misma que se había herido montando a caballo un día antes del accidente de avión en el que muriera su cuñado, Fernando Diez Barroso. Emilio no creía en los médicos mexicanos. De hecho, no apreciaba a ningún mexicano, así que tendría que atenderse en Estados Unidos. Y a eso iba cuando, en agosto de 1986, le dieron tres infartos consecutivos. Se salvó de milagro, pero a donde fuera tenía que llevar tanques de oxígeno y un aparato para monitorearle la presión. Un mes después renunció a la presidencia de Televisa, el 22 de septiembre de 1986. Pérez vio llegar, en su lugar, a Miguelito Alemán, que habló de “incorporar a los noticieros algunos comentarios de la oposición. No todos los días, pero sí de vez en cuando”. Por órdenes de Azcárraga, Jacobo Zabludovsky tuvo que despedirse de su noticiero, 24 Horas, dos semanas antes de la partida del jefe. Azcárraga Milmo y Zabludovsky se verían de nuevo en Los Ángeles.
[…]

El regreso triunfal de Jacobo Zabludovsky fue entrevistar durante una hora al presidente Miguel de la Madrid:

—Es usted, señor presidente, un líder sereno, seguro y equilibrado —le dijo, de entrada. Y el presidente sonrió con el gesto de la barbilla que usaba como un escudo. Se le había caído lo demás: la ciudad, la policía, la economía, y su sucesor había llegado con un fraude electoral.

Pero a la gente, a la opinión pública, Televisa tenía mucho que explicarle: el regreso, derrotada, de una de sus aventuras por Estados Unidos. Fue Miguel Alemán Velasco el encargado de las explicaciones. La confusión era un arma letal que los políticos usaban contra la opinión. Televisa sabía que, dentro de sus políticos, Alemán era el más talentoso para el dislate que los paralizaba:

—Si tenemos que retroceder un paso, de cualquier forma hemos avanzado —dijo Miguel Alemán, y se retiró entre grabadoras y micrófonos.

Aparecieron más fantasmas. En la campaña presidencial, parecía que el Partido iba a perder por primera vez en 60 años. Su candidato, Carlos Salinas de Gortari, se desmoronaba desde adentro de sus camisas seudomilitares frente a la izquierda entusiasta, harta, desorganizada, de Cuauhtémoc Cárdenas, el hijo del general que nacionalizó el petróleo. Los mítines multitudinarios de Cárdenas en Michoacán, Oaxaca, Guerrero, las universidades, y en el norte, en la Comarca Lagunera, asustaron al Partido y a los noticieros de Televisa. La respuesta vino en forma de propaganda negativa.

Un domingo antes de la elección Televisa transmite un programa especial donde comparan a Cárdenas con Fidel Castro y al candidato de la derecha, Manuel Clouthier, con Mussolini.

—Programón —dijo Azcárraga en su oficina del primer piso de Televisa Chapultepec—. No se preocupen. Todo va a salir bien. Hasta me voy a Europa de compras para celebrar.

Pero, en la intimidad, le dijo a Pérez:

—Encárgate de que estos pendejos no dejen evidencias. Porque de que van a joder, nos van a tratar de joder. Vele llamando a mi juez. Al Chema.
[…]

Pérez se encargó de que en Televisa nunca existiera el fraude electoral, ni los cientos de muertos de la oposición que se iban acumulando. México era el que enseñaba Televisa en México, Magia y Encuentro, de Raúl Velasco, y el de los documentales de Demetrio Bilbatúa para anunciar la cerveza Corona. Un país pequeño, a la medida, hecho de boletines presidenciales. Un país que no contaba los cambios que iba sufriendo con las crisis, los terremotos —lo único que el Tigre Azcárraga lamentó del derrumbe de Chapultepec 18 fue la pérdida de la silla donde él y su padre subían a sus empleados para regañarlos. De hecho, había guardado una astilla de esa silla destruida y la había mandado encapsular en un recipiente de plástico que acariciaba en su bolsillo cada vez que tenía que humillar y despedir a alguno de sus empleados—, las sacudidas personales y colectivas. Un país en sintonía con el presidente Salinas de Gortari, que quería un encuadre de “lo bueno”, es decir, de sí mismo.

Un 10 de septiembre de 1989 Pérez recibió un fax informándole que Emilio Azcárraga, enfermo y ahora con pastillas, oxígeno, calmantes, adelgazantes de la sangre, pasaría en una limusina por el presidente Salinas de Gortari en Manhattan. Pérez tenía que averiguar la agenda presidencial, contratar la limusina desde México, adivinar todo. Dentro del auto irían el cónsul Agustín Barrios Gómez, antes comentarista de los noticieros de Televisa, y el poeta Octavio Paz. Pérez imaginó cómo se sentiría viajar en la limusina que él mismo había alquilado: un Cadillac Fleetwood blindado, con vidrios antibalas, con un motor turbo. Por dentro tenía un servibar con un dispositivo que fabricaba hielos al instante. Y una coctelera para martinis. Pérez sabía que ninguno de los personajes en la limusina, salvo Barrios Gómez, bebían a esa hora, así que imaginó que sólo se sentarían, unos frente a otros, en los amplios sillones de cuero beige. Quizá tendrían una charla como ésta:

Salinas: Tengo en mente organizar una exposición de arte mexicano para traerla aquí, a Nueva York, y luego a Los Ángeles.

Paz: Muy buena idea, señor presidente.

Salinas (con esa mueca abajo del bigote que lo hace parecer un muñeco de Plaza Sésamo): Una exposición para que sepan que su vecino del sur tiene 10 siglos más que ellos de existir.

Paz: Diez siglos de esplendores.

Azcárraga Milmo: Podríamos financiarla vía la Fundación Televisa, exenciones de por medio, presidente.

Salinas: Claro, claro, todo el apoyo, como siempre, Emilio [y mueve la cabeza como pensando “¿por qué no lo da por sentado?”]. Y a usted, don Octavio, le conseguimos el Nobel de Literatura. [Octavio Paz suelta una carcajada, pero en el instante se da cuenta de que es el único al que le pareció una broma.]

Esa limusina haría dos paradas, según el fax que recibió Pérez: una en el Consejo de las Américas, donde la gente de David L. Rockefeller había nombrado a Salinas de Gortari “El Estadista del Año”, y otra en la Universidad de Brown, donde recibiría un doctorado Honoris causa. Hasta ahí llegó Zabludovsky a entrevistarlo: “Señor presidente, qué emoción poder hablar con usted”. Azcárraga lo vigiló un instante y después se subió a su limusina. Acababa de obtener del presidente el control casi absoluto de Televisa: le había prometido un crédito para comprar las acciones de los O’Farrill, las de los Alemán e incluso las de su hermana Laura.

Desde su escritorio, Pérez vio cómo las enfermedades acentuaban en Emilio su habitual voracidad. Quería todo lo que le interesaba: mujeres, yates, deportes. Pero, sobre todo, el control accionario de Televisa. Era como si 1989 se le fuera de las manos sin conseguir algo que buscaba, algo que mordía en silencio, mientras se quedaba como ausente en las reuniones de administración de Televisa. ¿Dónde acomodar a sus amantes y esposas, a sus yates, a sus repetidoras, a sus satélites?
[…]

Atacada por hongos en las aletas, desnutrida, incapaz de interactuar con otras orcas, Televisa la había vendido por cinco millones de dólares a la productora de cine Warner con un contrato para tres películas en las que no se llamaría Keiko, sino Willy. Y el elenco de Azul, la telenovela de Keiko, se arrodilló para pedir a la Virgen de Guadalupe por la salud de la ballena.

La telenovela de la orca había conducido a un enfrentamiento entre Valentín Pimstein y la productora, Pinkye Morris. En el Manual del Departamento de Recursos Literarios de Televisa se leía:

El melodrama parte de una anécdota que debe estar situada en la línea amorosa. La línea amorosa no debe ser nunca opacada por subtramas de conflictos sociales o políticos o morales. Los personajes no deben ser realistas; son esencias: ricos y pobres; malos y buenos. […] Toda telenovela debe seguir el siguiente esquema:

A y B se aman
C ama a A
D ama a B
C odia a B
D odia a A
C y D se unen contra A y B.”

—¿Y la ballena? —soltó Pimstein en su oficina del cuarto piso de Televisa San Ángel—. ¿Ésa a quien odia? Come como un regimiento y no habla.

—Es una orca —reiteraba Pinkye Morris—. ¿Qué quiere que hagamos?

—Por mí, mátenla.

Y así fue que surgió “la subtrama social”: la mafia tratando de asesinar a la ballena. Las telenovelas se decidían con la fórmula que Pimstein había inventado: “lo más barato, lo más simple, lo más rápido”. Su credo era el siguiente:

—La trama la debe entender hasta mi sirvienta. Las tramas de las series gringas son para blancos. Nosotros hacemos telenovelas para los indios.

Unos años antes, se había decidido asesinar a la protagonista de Vanessa, Lucía Méndez, porque tenía problemas amorosos con Emilio Azcárraga y no llegaba a los llamados. El desenlace fue sorpresivo y se especuló si Pimstein había decidido cambiar sus fórmulas de finales felices. Nunca más fiel a su prisa por hacer dinero fácil —“mátenla”—, Pimstein era implacable. En el último capítulo de Vanessa, simplemente mató al personaje que interpretaba Lucía Méndez. Así se resolvían las indisciplinas de los actores. Su personaje moría, viniera o no al caso en la trama.

Pimstein tampoco soportaba que hubiera otros productores de telenovelas. En especial, atacaba las series vagamente didácticas de Miguel Sabido —“Son puras pendejadas. Si las sirvientas quieren aprender a leer y escribir que vayan a la escuela. La televisión es la venta de ilusiones encarnadas en mujeres y hombres guapos, no de realidades”— y las superproducciones de Ernesto Alonso sobre episodios históricos y, a últimas fechas, algunas sobre poderes sobrenaturales, magia, brujería y fantasmas. Pimstein las odiaba. Para hacerle mala publicidad a esas telenovelas, soltó el rumor de que la amante de Azcárraga, la mismísima Lucía Méndez, estaba implicada en los asesinatos rituales de Matamoros, encabezados por el cubano-americano Adolfo de Jesús Constanzo y la mexicana Sara Aldrete, que inspiraron la película Perdita Durango. Pimstein no estaba de acuerdo con la trama de la telenovela sobrenatural El extraño retorno de Diana Salazar, con Lucía Méndez (1988), y filtró que, en la realidad, la actriz preferida de Azcárraga desde que obtuvo “El rostro de El Heraldo” en 1972, había participado en los 12 homicidios rituales en el rancho de Santa Elena, Tamaulipas, donde se practicó el canibalismo y la elaboración de amuletos con vértebras humanas, en nombre del Palo Mayombe de los “santeros”. Narcosatánicos fue el término escogido por los medios para describir esa mezcla de magia, rituales de invulnerabilidad de la santería de Miami y tráfico de anfetaminas revueltas en sangre humana. Era una venganza de Pimstein contra la telenovela sobrenatural. Para él no había que contar más que una historia: La Cenicienta. Según su teoría, los televidentes llegaban a sus casas hartos de realidad. Lo que necesitaban era una fantasía aspiracional, que reflejara que estaban “bien jodidos, pero con esperanza”, y luego echarse a dormir. Pimstein se santiguó frente a la Virgen de Guadalupe por eso.

La cantante principal en la misa sería, como todos los años, Lucero. A los 13 años, Pimstein le había adaptado una historia argentina tipo Cenicienta, que se llamó Chispita. Luego, sintiéndose actriz, había hecho tres papeles distintos en Lazos de amor, que a Pimstein no le gustó. Él no creaba estrellas para que lo rebasaran, sino para que lo obedecieran mientras podían, mientras seguían jóvenes, delgadas y encantadoras. A pesar de ser una niña, “Lucerito” debía ser sustituible: las actrices iban y venían. Lo único que importaba era la empresa. Televisa organizó, entonces, un concurso de niñas para encontrar a La doble de Lucerito. El segundo lugar lo había ganado una muchacha “mugrosita” —decía Pimstein— de 12 años, que venía de Monterrey: Gloria Trevi.
[…]

Roberto Gómez Bolaños, después conocido en toda América Latina como Chespirito, pertenecía a la pandilla de Los Aracuanes —esos pájaros de picos largos—, que se golpeaban con todos en el norte de una colonia de clase media que lindaba con la Roma, pero que se cuadraban cuando llegaban Los Halcones, integrada por quienes serían los represores de todo México entre 1970 y 1982. Esas peleas con puños, cadenas, bóxers, eran los ensayos de lo que padecerían los estudiantes por todo el país. Gómez Bolaños vivía en un edificio donde también estaba la novia del Negro Durazo. En sus memorias, Chespirito sólo escribe:

—Yo era el recadero del Negro.

Pero la relación con quien sería el jefe de la policía de la capital, ejecutor de las represiones políticas y cabeza del narcotráfico en la ciudad más grande del mundo, la siguió Mario Gallego como un exiliado sigue el rumbo que le depara el clima local. Su hermano era un afectado cantaor de flamenco que buscaba fortuna en México. Lo único que se le ocurrió para destacar fue pedirle a su hermano, que había conocido de niño a los que ahora eran políticos prominentes, que le consiguiera una audición en Televisa. El hermano, el cantaor, se llamaba a sí mismo Luisito Rey. Gallego buscó al Negro, ya jefe de la policía de la ciudad de México, para que lo hiciera aparecer en el programa Siempre en Domingo de Televisa:

—No te preocupes —le respondió el Negro con la voz aguardientosa—. A mí, las narices de esos cabrones me lo deben.

Y el hermano de Mario Gallego, Luisito Rey, apareció el 12 de marzo de 1980 con Raúl Velasco cantando un supuesto éxito: Frente a una copa de vino. Dos años más tarde, el favor ya era para el hijo de Luisito, llamado simplemente Luis Miguel. Ocurrió la misma conversación de Gallego, con más o menos humillaciones, ante quien él sabía que había sido jefe de Los Halcones de la Del Valle antes que jefe de la policía de la ciudad. El resultado fue el mismo: Luis Miguel, el hijo de Luisito Rey, cantó en Televisa. Se lo debía al Negro Durazo, que se vistió de general, con las medallas de plomo inventadas, y fue a hacerle una visita a Emilio Azcárraga Milmo. Era 1982 y llegó a Televisa Chapultepec en un jeep con policías que portaban armas largas y se movían de izquierda a derecha; las patrullas se estacionaron frente a la entrada del edificio, desperdigadas, como piezas de dominó después de que uno de los jugadores aventara la mesa.

—¿A qué debo el honor, mi general? —lo recibió Azcárraga Milmo en el quinto piso de Televisa.

—Hay un muchacho, hijo de Luisito Rey, que tienes que oír.

—¿Y quién te dice que no lo quiero oír?

—Nomás. Por si te haces sordo a lo que andan haciendo con unos cargamentos que llegan de Puerto Vallarta. Te lo mando.

Y Luis Miguel se presentó una semana después en Siempre en Domingo. Su tío, Mario Gallego, se convirtió en su guardaespaldas. Hay varias versiones de la desaparición de la madre de Luis Miguel, Marcela Basteri. En una de ellas se dice que decidió no darle permiso a su hijo para ir a cantar al Festival de Viña del Mar en Chile. Raúl Velasco, por órdenes de Azcárraga, pidió que “alguien” resolviera el permiso de viaje del cantante menor de edad:

—Es la carta de Televisa en Sudamérica. No puede no ir.

Y Mario Gallego le habló otra vez al Negro Durazo.

—Me encargo —balbuceó en el teléfono, entre sus mejillas de bulldog, el jefe de la policía de la ciudad de México.

La última vez que se vio a la madre de Luis Miguel fue el 18 de agosto de 1986 en el aeropuerto Galilei de Pisa, Italia, donde tenían retenido a su hijo, el cantante menor de edad. Unos hombres le dieron la oportunidad de despedirse de él, de lejos. Se lo llevaban con su padre, a Madrid.
[…]

—Usted canta canciones como para señoras menopáusicas.

El Pirulí no era uno de ellos, de los poderosos de Televisa, y —eso se repetía— se sintió obligado a hacer sus propios negocios. Aterrizaba su avioneta Sesna en el Aeropuerto Fiesta, inaugurado por Carlos y Amparo Franco, los Colombianos. Nadie lo molestaba cuando volaba de Puerto Vallarta al Estado de México con varios kilos para vender en Televisa y, luego, en El Marrakesh. Nadie le preguntaba cómo un cantante de boleros románticos, que había perdido siete veces el Festival OTI de la Canción Iberoamericana local, podía tener mansiones, ranchos y hasta un globo aerostático. En uno de esos viajes, con el también cantante Enrique Guzmán y su guardaespaldas, Manuel Santos, se habían elevado en el globo tanto, en tantos sentidos, que acabaron aterrizando contra un cable de alta tensión. El único que murió quemado fue su guarura. Tiempo después, al recordar la escena, traficando en globo para no ser descubiertos, los dos cantantes se reían, aunque, en realidad, todo había parecido, a la mañana siguiente, tan trágico. Bastaban unas rayas, unos coñacs para que todo comenzara a perder solemnidad, para que las puntas de la vida se hicieran curvas, para que nada fuera para tanto, ni perder concursos, ni que te cancelaran un concierto en Tijuana, ni que se te quemara tu guardaespaldas ante tus ojos —ese olor de la carne incendiándose—, ni que te hablaran para amenazarte por no pagar. Escarbó en la bolsa de su bata para dormir y encontró una de las botellitas que la Pájara Peggy, Paco Stanley y él vendían en los foros de Televisa: para salir en vivo, para cantar en un control remoto, para grabar los parlamentos de la telenovela sin equivocarte, para sentirse más chistoso en un programa cómico a cuyo productor —la Pájara Peggy— lo hacía reír que se les cayera encima la escenografía de cartón. Los cómicos, con las mandíbulas trabadas, hacían saltar la utilería, se decían cosas dignas de libre asociación de ideas con una velocidad ininteligible, se caían con el sabor químico en los paladares. Unas rayas, y la televisión resultaba casi un arte.

El Pirulí se sonrió para sí y se acomodó en el sillón. No había reconocido la voz del Macaco, pero sí sabía quién era el Jefe que reclamaba su dinero: Miguel Ángel Félix Gallardo. La del teléfono era cualquier voz. Quizás era la voz del Güero Palma o de cualquier sicario. Todos sonaban iguales. Siempre preocupados por su dinero. Pero él, Víctor Manuel de Anda Yturbe —con ese nombre tan virreinal—, El Pirulí —con ese apodo tan humillante—, les había abierto el mercado de la televisión. ¿No merecía eso la cortesía de esperarlo en los pagos o, incluso, que le condonaran las deudas? Él era la cara de Puerto Vallarta, de ese lugar de hoteles lujosos para lavar dinero, detrás de cuyas playas se ocultaban las pistas de aterrizaje. Y, cuando no había paso disponible, simplemente enterraban dos líneas interminables de linternas en la arena para señalarle a las avionetas por dónde llegar a tierra firme. ¿No merecía eso? Él, el que volvió a reciclar el bolero para los turistas, las ancianas, las parejas de luna de miel en yates, hoteles, piano bares, no iba a permitir ese trato. No, señor. Él se lo había ganado, pidiendo los primeros cargamentos gratis para regalárselos a los actores, a los cantantes, a las actrices, a los directivos. De él había sido la idea. De él los contactos, los pactos, la venta. Abrió un mercado de famosos. Y ahora le querían cobrar unos cuantos kilos que no había podido pagar porque se había gastado el dinero en sus casas, en sus caballos, en su rancho El Jilguero. A todos les había dicho que se dedicaba a la cosecha del nopal para exportación y le habían creído. Incluso su compadre, Raúl Velasco, le había propuesto una emisión de México, Magia y Encuentro:

—El nopal tiene muchos usos medicinales, Victorín —le había propuesto, acomodándose los lentes con los pómulos en esa mueca que parecía una sonrisa tensa—. ¿Por qué no lo filmamos en tu rancho de Puerto Vallarta?

—Porque si filmas esos nopales, nos meten a la cárcel a los dos.

Pero todo eso cuesta. No pagar y querer hacer tu propio negocio. Pero si el mercado era de él. ¿O qué pensaba el Jefe de Jefes?, ¿que él podía entrar a los pasillos de Televisa a vender? ¿Él, Félix Gallardo, un inmundo ranchero de Jalisco que ni siquiera pronunciaba bien el español y que andaba a salto de mata desde que los de Sinaloa quisieron un pedazo de sus operaciones? Se necesitaba clase para eso: las botellitas discretas en los camerinos, en los baños de foros, teatros, sets. No el bloque liado con masking tape. Y luego, conseguir un coñac barato con etiquetas falsas para que los compañeros “se estabilizaran”. Tenías que vender el paquete como chic, como exclusivo y hasta como propio del mundo de las estrellas. Unos pegues con moderación, aunque a las tres de la mañana todo mundo trajera la nariz llena de polvo blanco con gotas de sangre en las camisas, en los escotes.

Víctor Yturbe, El Pirulí, se estaba sirviendo un coñac cuando sonó el timbre de la puerta. Miró el reloj en su barra adornada con fotos de él junto a Raúl Velasco, Rocío Dúrcal, Julio Iglesias, José José, Marco Antonio Muñiz. Eran las 12 en punto. Envalentonado, abrió con un:

—Les dije que no lo…

Vio el cañón de la pistola en la cara y subió la mano derecha para protegerse. La bala nueve milímetros se la atravesó. Sintió el repentino quemón en la piel y la sangre escurrir casi ligera. Sintió otros dos en el pecho y empezó a caminar hacia atrás. Eran tres matones con las camisas abiertas, floreadas, los cinturones de hebillas en forma de palmeras, las botas de víbora. Tomaban turnos para dispararle. Uno de ellos le dio justo en el estómago, lo que le hizo doblarse por el impacto y luego porque sintió cómo se le abría el cuerpo, cómo su mano izquierda ya estaba adentro de él mismo sintiendo un órgano que sabes que está ahí pero que nunca tocas. Trató de hablar pero tenía algo viscoso en la garganta, en la nariz. Se cayó sobre el sillón. Otro le puso el cañón de la pistola en un ojo y detonó. Para cuando recibió el tiro de gracia, El Pirulí ya estaba de nuevo en su infancia, vestido de charro. Montaba sus propios caballos en El Jilguero, pero, extrañamente, se veía a sí mismo de niño. Luego, sintió los esquís en Acapulco, donde hacía malabares con un barco que lo arrastraba.

Se disfrazaba de payaso y ganaba 2.50 por cada función. Y ni siquiera sabía nadar. Pero era el único trabajo que había podido conseguir. Pensó que el Payaso Pirulí era un buen nombre para atraer a los niños que iban de vacaciones a la playa. Fue un nombre que nunca se pudo quitar. Siempre fue muy extraño que un cantante de canciones de amor y desamor fuera, al mismo tiempo, un payaso. Lo mismo le había ocurrido a Paco Stanley, que recitaba poemas para hacer llorar a una solterona, entre chistes y albures. Había sido su destino compartido: jamás serían tomados en serio. Y hasta el tráfico, por un tiempo, les había resultado chusco: iban a Puerto Vallarta, llenaban la avioneta y regresaban cantando. El polvo compraba casas, pianos, especiales en la televisión, ranchos. Se reían de ello. Así de fácil. Su primer disco había sido producido por el dueño del hotel Posada Vallarta, Guillermo de la Parra, esposo de una de las guionistas de telenovelas más lacrimógenas, Yolanda Vargas Dulché. Para su voz habían compuesto Puerto Vallarta, cuya letra decía: “Esos recuerdos están clavados como un ancla dentro de mí”. Y, de nuevo, Víctor Yturbe se vio como un niño vestido de charro, aunque sintió que se hundía un poco más en la arena. Ya no se daba cuenta de que se desangraba en un sillón de su casa de Las Arboledas, aunque lo sabía. Hasta que, de pronto, ya no lo supo más.

La despedida de Víctor Yturbe, El Pirulí, fue el 30 de noviembre de 1987, en la funeraria de Sullivan, con el féretro cerrado. Las balas habían sido de 9 mm y expansivas. Quedaba poco de él. Hasta ahí llegaron Raúl Velasco, Marco Antonio Muñiz y el guitarrista de casi todos sus discos, Chamín Correa. Un reportero de El Universal recordó las palabras de su última entrevista:

—Daría todo por vivir otros 50 años, en paz.

Tenía 51.

Paco Stanley, su socio, no asistió. Tampoco la Pájara Peggy, Humberto Navarro. Desconectaron teléfonos, se encerraron con amigos en casas de campo. Uno en Cuautla. El otro en Cancún. Uno de sus ejecutores, el Macaco, pide perdón por él, nueve años después, en la Basílica de Guadalupe. Había tirado la pistola con la que le disparó. Ahora tiene decenas más y ametralladoras, AK-47, una Colt con cacha de ónix con una palma labrada en diamantes, obsequio de cumpleaños del Güero Palma. Engancha sus dedos en oración por todas las ejecuciones, por todas las apretadas de gatillo, por todos los cráneos volados, por toda la sangre salpicada, por no saber qué entrañas eran las que le salían a sus víctimas tras cada detonación.
[…]

El Macaco reza por él, por el general, y por nosotros.

Atrás de él hay otro personaje piadoso. Simboliza los esfuerzos de Televisa por acercarse a la cultura: un reclamo de las universidades, los escritores, los artistas, durante años. Esa relación comenzó justo cuando la Universidad Nacional estaba en huelga. La habían estallado los trabajadores y algunos académicos el 20 de junio de 1977 por el reconocimiento de su sindicato y un contrato colectivo. Y Televisa se ofreció a transmitir clases extramuros para reventar la huelga de sus trabajadores. El acuerdo entre la Universidad y la Televisión se hizo en un elevador de carga de Televisa a finales de 1976, cuando había comenzado el conflicto laboral. Por un error, el elevador se abrió en el piso de Noticieros, que, en esos años, todavía dirigía el escritor Paco Ignacio Taibo I.

—¿Me puedo subir? —preguntó el autor.

—Yo no viajo con subalternos —le contestó Azcárraga Milmo abrazado del rector de la Universidad, Guillermo Soberón.

—Pues vas y chingas a tu ma —alcanzó a decir el asturiano bajito, encargado de la redacción de las noticias, pero la puerta del elevador se cerró.

Paco Ignacio Taibo I bajó las escaleras y, cuando se abrió el elevador en la planta baja, completó:

—Dre.

Ese día renunció sellando en el reloj checador la hora de su adiós. Nunca pudieron despedirlo: él renunció, como un trabajador más, a pesar de que venía dirigiendo los noticieros incluso antes de la fusión entre los O’Farrill y los Garza Sada con los Azcárraga. El 17 de octubre el escritor diría a la revista Proceso:

—Lo dramático es que Televisa representa a un importante grupo de presión y aparece a diario con ocho o 10 horas de información en la que defiende los intereses de su grupo. Yo le pregunto al gobierno si ahora aceptaría que la dirección de todos los periódicos quedara en manos de una sola persona. Esto estremecería a la opinión pública y, sin embargo, la creación de Televisa no estremeció a nadie.
[…]

En 1993, con el presidente Carlos Salinas de Gortari, Azcárraga había endurecido su posición frente a la cultura:

—México es un país de una clase modesta muy jodida, que no va a salir de jodida nunca. Para la televisión es una obligación llevar diversión a esa gente y sacarla de su triste realidad y de su futuro tan difícil. La clase media, la media baja, la media alta. Los ricos, como yo, no somos clientes, porque los ricos no compramos ni madre. En pocas palabras, nuestro mercado en este país es muy claro: la clase media jodida. La clase exquisita, muy respetable, puede leer libros o la revista Proceso para ver qué dice de Televisa. Éstos pueden hacer muchas cosas que los divierten, pero la clase modesta, que es una clase fabulosa y digna, no tiene ninguna otra manera de vivir o de tener acceso a una distracción más que la televisión. Ustedes nunca han visto un aparato de televisión en la basura, nunca. Yo les juego lo que quieran. ¿Cuándo han visto un aparato de televisión en la basura? Históricamente se considera que la cultura existe nada más en los libros, que ésta significa muchas cosas excepto telenovelas, porque éstas carecen de calidad y hasta vergüenza da hablar de ellas. Lo importante, en este caso, es que la gente que enciende un aparato receptor lo hace de manera voluntaria. Entonces, puede escoger lo que se le chingue la gana. La respuesta que tenga es mucho más importante y verdadera que cualquier reconocimiento cursi que pueda haber, sea el Oscar, los premios de Cannes o toda la mierda que existe. Lo que vale es cuando uno se enfrenta a un auditorio de millones de personas y éstas deciden sintonizar algo que, además de alegría, les ofrece un entretenimiento sano, y que les brinda satisfacción interna. Eso es la televisión, y entre muchos esfuerzos realizados, el más importante dentro de Televisa, curiosamente, es una telenovela que se llama Los ricos también lloran. Para que vean que yo, siendo, habiendo nacido rico, también lloro.

Cuando un reportero le preguntó qué relación había entre que la gente sintonizara sus telenovelas y el hecho de que no había otra cosa que ver en la televisión, Azcárraga sólo dijo:

—La gente a la que no le gustan los monopolios es porque no tiene uno. A mí me encantan.

Y Maximino Chimino Chávez junta las manos en la Basílica de Guadalupe. De la aventura cultural de Televisa conserva un recuerdo: un cartel promocional donde el poeta Octavio Paz hacía pareja con el profesor Memelovsky de la telenovela infantil Odisea Burbujas. El rostro del poeta recortado al lado de un cómico para niños que remedaba a Einstein. Al evocarlo, Chimino se sonríe de lado.
* * *

Han terminado Las mañanitas a la Virgen. Ya es 12 de diciembre de 1996. Las luces se apagan. Los cantantes, actores, actrices, conductores, cómicos, salen de la Basílica rumbo a las camionetas de Televisa. Adentro, en penumbras sólo interrumpidas por veladoras, los peregrinos de siempre, los pobres que llegan con las rodillas sangradas, los que se autoflagelan con cuerdas de yute, los que lloran por un milagro, se quedan entre el humo de los sahumadores con incienso y copal. Y esa nube de humo se los traga, los engulle, y los borra. Como si se los comiera una enorme ballena.

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